La miopía del ministro frente a la salud de Huánuco


El ministro de Salud, Luis Williams Dyer Fernández, llegó a Huánuco, recorrió el Hospital Regional Hermilio Valdizán y terminó hablando de las “maravillas” que otras regiones soñarían con tener. La frase pudo sonar alentadora en un despacho ministerial, pero resultó ofensiva para quienes conocen la otra cara del hospital: pacientes que esperan, familiares que compran medicamentos con dinero prestado y enfermos que deben vender sus pertenencias para conseguir un examen o una atención que el Estado debería garantizar.
La visita ministerial dejó una impresión preocupante. El titular del sector pareció mirar el hospital desde sus paredes, sus ambientes y sus equipos, pero no desde el sufrimiento de quienes llegan buscando alivio. Porque un sistema de salud no se mide por la impresión que causa una infraestructura ni por el porcentaje de abastecimiento que se menciona durante una conferencia. Se mide por la oportunidad de una operación, la disponibilidad de medicinas, la atención digna y la posibilidad real de acceder a un diagnóstico sin que una familia termine en la pobreza.
Mientras el ministro hablaba de avances, los reclamos de los pacientes mostraban otra realidad. Durante su recorrido, familiares denunciaron falta de medicamentos y gastos asumidos con sus propios recursos. Uno de los casos más dramáticos fue el de un adolescente de 15 años, internado desde hacía 20 días, cuyo padre relató entre lágrimas que había gastado más de 25 mil soles y que le exigían comprar medicamentos por aproximadamente 2,600 soles. El menor permanecía con una cirugía abierta, politraumatizado y en shock hipovolémico, mientras su familia pedía que fuera trasladado a Lima.
¿De qué “maravillas” se puede hablar frente a un padre que debe reunir miles de soles para sostener la vida de su hijo? ¿Qué clase de sistema de salud se está defendiendo cuando una familia tiene que escoger entre comprar medicamentos, pagar el transporte o vender sus bienes para continuar un tratamiento? La respuesta del ministro no podía limitarse a señalar que la situación no debía abordarse políticamente. La salud pública es, precisamente, una responsabilidad política. Es una obligación del Estado. Y cuando falla, corresponde exigir explicaciones a quienes administran el sector.
El problema no se reduce a un caso aislado. La falta de medicamentos ha sido advertida en distintas oportunidades, junto con deficiencias en el almacenamiento, diferencias entre el stock físico y los registros y la existencia de productos vencidos. También se han reportado equipos médicos sin mantenimiento adecuado, sin registro patrimonial o fuera de los planes institucionales. La Contraloría advirtió en marzo de 2026 que diversos equipos del hospital no estaban incluidos en el Plan de Mantenimiento, situación que expone a los pacientes a fallas, retrasos y mayores gastos de reparación.
La resonancia magnética representa otra muestra de esta crisis. El equipo, fundamental para detectar lesiones, tumores y otras enfermedades complejas, permaneció inoperativo durante un periodo prolongado. La reparación consumió cientos de miles de soles sin devolverle al hospital una capacidad diagnóstica confiable. Frente a ello, los pacientes no desaparecen: son enviados a otros establecimientos o deben buscar atención particular, pagando sumas que muchas familias de Huánuco simplemente no tienen. En la práctica, el diagnóstico termina dependiendo del bolsillo del enfermo.
La tragedia está en que el paciente no solo enfrenta una enfermedad. También debe enfrentar el costo de llegar hasta Lima, pagar una resonancia, comprar medicamentos que no encuentra en la farmacia hospitalaria o conseguir insumos que deberían estar disponibles. El enfermo llega buscando atención y termina convertido en vendedor de sus propias pertenencias. Vende una moto, un terreno, animales, herramientas de trabajo o cualquier objeto que pueda transformarse en dinero. La enfermedad no solo amenaza su vida: también destruye la economía familiar.
En ese contexto, resulta insuficiente que el ministro repita porcentajes de abastecimiento o destaque que el hospital tiene una estructura que otras regiones envidiarían. El 95% o 96% de abastecimiento, si esa fue la cifra expresada durante la visita, no explica qué ocurre con el paciente que necesita justamente el medicamento que falta. En salud, el porcentaje no cura. Una estadística general no sirve de consuelo cuando el fármaco indispensable no está disponible para el enfermo que lo necesita ese día.
Tampoco basta con afirmar que la atención ha mejorado. Puede haber mejoras en el trato, en el orden de los consultorios o en determinados procedimientos administrativos. Pero la calidad hospitalaria también se mide por la capacidad resolutiva. Si las intervenciones quirúrgicas han disminuido frente al mismo periodo del año anterior y el director del hospital no pudo explicar con claridad las razones, la autoridad ministerial debió detenerse en esa contradicción. Un hospital puede atender con mayor cordialidad y, al mismo tiempo, operar menos pacientes. Ambas cosas pueden ocurrir. Precisamente por eso se necesitan cifras, explicaciones y decisiones.
La modernización digital tampoco puede presentarse como una solución mágica. La tecnología puede ordenar información, pero no reemplaza medicamentos, especialistas, equipos operativos ni una gestión capaz de anticipar los problemas.
El ministro parece confundir la existencia de un hospital con el funcionamiento de un sistema de salud. Son cosas distintas. Un edificio puede estar en pie y, sin embargo, ser incapaz de responder a tiempo. Puede tener presupuesto y no contar con medicamentos. Puede tener equipos modernos y mantenerlos paralizados. Puede anunciar adquisiciones millonarias y no garantizar que los pacientes sean operados. Puede exhibir proyectos, campañas y plataformas digitales, pero seguir enviando a las familias a comprar afuera lo que el Estado debería proporcionar.
La visita de Dyer debió servir para escuchar, investigar y ordenar soluciones. En cambio, dejó la sensación de que el ministro llegó con una conclusión preparada y que los reclamos de los pacientes apenas fueron un ruido incómodo dentro de su recorrido. La verdadera miopía no consiste en desconocer la existencia de problemas. Consiste en verlos y no comprender su gravedad.
Huánuco no necesita discursos triunfalistas. Necesita medicamentos disponibles, resonancia operativa, equipos con mantenimiento, especialistas suficientes, operaciones oportunas y funcionarios que respondan con cifras. Necesita que ningún padre tenga que llorar frente a un ministro para conseguir un medicamento. Necesita que ninguna familia venda sus bienes para pagar un diagnóstico. Y necesita que las autoridades dejen de llamar “maravilla” a un sistema que todavía obliga a los enfermos a pagar por sobrevivir.
La salud de Huánuco no se puede evaluar desde la comodidad de una visita protocolar. Se debe mirar desde la cama del paciente, desde la farmacia vacía, desde la sala de operaciones y desde la angustia de los familiares. Allí no hay maravillas. Hay una deuda pública que sigue creciendo y una población que continúa esperando respuestas.
