Agua limpia, vida sana: cómo proteger a nuestra familia de los parásitos y las enfermedades en el hogar

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Por: David Parra Reyes Colaborador

En nuestras comunidades y campos, el agua es el elemento más valioso para la vida diaria. La utilizamos para preparar los alimentos, dar de beber a los animales, regar los cultivos y calmar la sed después de una dura jornada de trabajo. Sin embargo, existe un peligro invisible que muchas veces pasa desapercibido en el hogar: el agua que parece transparente o limpia a simple vista no siempre es agua segura para tomar. En muchos hogares de nuestro Perú, consumir agua directamente del río, de la acequia, del manantial o del pilón sin un tratamiento previo está enfermando silenciosamente a nuestras familias. Las enfermedades del estómago provocadas por el agua no tratada y por el contacto con manos sucias representan hoy la causa principal de diarreas, infecciones y desnutrición en los niños pequeños y en nuestros adultos mayores.

Cuando tomamos agua sin desinfectar, estamos dejando entrar a nuestro cuerpo miles de microbios, bacterias y parásitos invisibles que se alojan en el estómago y los intestinos. Estos parásitos actúan como verdaderos “ladrones” dentro del cuerpo de nuestros hijos, pues se alimentan de los nutrientes, vitaminas y minerales de la comida que ellos ingieren. Con el tiempo, un niño lleno de parásitos sufre de dolor constante de barriga, pierde el apetito, presenta diarreas continuas y desarrolla anemia, lo que le impide crecer fuerte, ganar peso y concentrarse en la escuela. En el caso de los abuelitos, las infecciones intestinales les provocan una deshidratación rápida y una debilidad que puede complicar seriamente su salud. Detrás de un niño que no sube de peso o de un anciano que, para decaído, muy frecuentemente está la presencia de agua contaminada en el hogar.

Afortunadamente, garantizar que el agua de nuestra casa sea completamente segura no requiere de tratamientos costosos ni complicados, sino de poner en práctica métodos caseros muy sencillos. La forma más conocida y segura de eliminar todos los microbios es el hervido correcto. No basta con apagar la cocina en cuanto el agua empieza a calentarse o soltar las primeras burbujas; debemos dejar que el agua hierva a borbotones durante al menos dos a tres minutos completos antes de retirar el recipiente del fuego. Otra alternativa muy práctica, especialmente cuando no se cuenta con mucha leña o gas, es la cloración casera. Para este método, se debe usar lejía tradicional sin olor ni aromas agregados: basta con añadir dos gotitas de lejía por cada litro de agua clara, mezclar bien y dejar reposar el recipiente tapado durante media hora antes de consumir. Pasado ese tiempo, el agua estará desinfectada y lista para beber con total tranquilidad.

Sin embargo, hirviendo o clorando el agua solo hacemos la mitad del trabajo. Si el agua limpia se guarda en un recipiente sucio o se deja destapada, se volverá a contaminar en cuestión de minutos con el polvo del ambiente, las moscas o el contacto con animales domésticos. Por ello, el almacenamiento correcto es fundamental. Debemos guardar el agua segura en baldes, tinajas o bidones limpios que se usen únicamente para ese fin, asegurándonos de que estén siempre lavados con detergente y que cuenten con una tapa bien ajustada. Asimismo, para sacar el agua del recipiente no debemos meter pocillos, tazas o jarras agarradas con las manos, ya que los dedos pueden introducir suciedad a todo el recipiente; lo ideal es contar con un bidón que tenga caño o usar un cucharón largo de metal bien lavado que se mantenga colgado y limpio.

Junto con el cuidado del agua, el lavado de manos es el escudo protector más poderoso que tenemos en la familia para evitar infecciones. Nuestras manos trabajan la tierra, tocan dinero, agarran herramientas y cuidan a los animales, acumulando suciedad y microbios sin que lo notemos. Por eso, lavarse las manos con agua limpia y jabón antes de cocinar, antes de servir la comida, antes de comer y justo después de ir al baño o cambiar el pañal a un bebé destruye la cadena de contagio de los parásitos. El enjuague rápido solo con agua no basta; debemos frotar bien el jabón entre los dedos, las palmas y debajo de las uñas durante al menos veinte segundos antes de enjuagar, enseñando este hábito a los niños desde que son muy pequeños.

El agua limpia y los hábitos de higiene en la casa son muestras de amor y cuidado hacia quienes más queremos. Prevenir las diarreas y los parásitos en nuestro hogar evita gastos en medicinas, viajes de emergencia al puesto de salud y días perdidos de trabajo o colegio. Cuidar la salud de la familia está en nuestras manos: hirvamos el agua, guardémosla en recipientes tapados y lavémonos las manos todos los días. Con acciones tan sencillas pero constantes, lograremos que nuestros hijos crezcan sanos, fuertes y con la energía necesaria para construir un futuro próspero en nuestras comunidades.

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