Entre el pasado que no convence y la incertidumbre que inquieta

Por: Augusto Noreña Llanos Director

La segunda vuelta del 2026 deja al Perú atrapado en una vieja costumbre nacional: votar con miedo. De un lado, Keiko Fujimori, el rostro más persistente del poder político de las últimas décadas. Del otro, Roberto Sánchez, una figura que capitaliza el rechazo ciudadano, pero que todavía no logra despejar las enormes dudas sobre su capacidad de gobierno.

Y esa es precisamente la tragedia peruana: el país vuelve a elegir entre la desconfianza y la incertidumbre.

Keiko Fujimori representa algo más profundo que una candidatura. Representa el regreso de una clase política que el Perú ya conoce demasiado bien. Su discurso intenta vender experiencia, estabilidad y gobernabilidad, pero detrás de esas palabras persiste una sombra imposible de ignorar: el desgaste de un apellido asociado durante años a confrontación, blindajes, denuncias y una forma de hacer política donde el poder parecía más importante que las instituciones.

El problema de Keiko no es únicamente su pasado. El verdadero problema es que el país ya vio demasiadas veces lo que el fujimorismo puede convertirse cuando controla espacios de poder. El recuerdo del Congreso obstruccionista, las pugnas permanentes y la sensación de impunidad siguen demasiado frescos en la memoria colectiva.

Y aunque el fujimorismo insiste en mostrarse renovado, cuesta creer en una renovación donde los apellidos, operadores y discursos siguen siendo prácticamente los mismos.

Keiko intenta presentarse como el muro de contención frente al caos. Pero para millones de peruanos, ella también forma parte del origen del caos político que destruyó la estabilidad institucional del país durante los últimos años. Su figura genera una polarización tan intensa que incluso cuando gana apoyo, también multiplica el rechazo.

Ese es su principal límite político: tiene un voto duro sólido, pero también un antivoto gigantesco.

Sin embargo, el otro lado tampoco transmite tranquilidad absoluta.

Roberto Sánchez aparece como el candidato del hartazgo nacional. Su crecimiento electoral refleja el cansancio de una población golpeada por la corrupción, el abandono estatal y la desconexión de las élites limeñas. Mucha gente no vota necesariamente convencida de Sánchez; vota contra todo lo que representa el viejo sistema político.

Pero convertir el descontento en gobierno es mucho más difícil que convertirlo en votos.

Sánchez todavía deja demasiadas preguntas abiertas. Su entorno político es difuso. Sus propuestas carecen de profundidad técnica en temas sensibles. Y existe la sensación de que su candidatura avanza más impulsada por la indignación popular que por una estructura sólida de gobierno.

Eso inquieta.

Porque el Perú ya ha tenido experiencias dolorosas con liderazgos improvisados que llegaron al poder envueltos en discursos antisistema y terminaron atrapados entre la incapacidad, el desorden o las luchas internas.

El país necesita cambios urgentes, sí. Pero también necesita estabilidad, gestión y capacidad real para gobernar un Estado que hoy parece desmoronarse en seguridad, salud, infraestructura y justicia.

Y ahí surge la gran duda nacional: ¿puede Roberto Sánchez gobernar un país tan complejo sin caer en la improvisación?

El Perú llega a esta elección agotado, desconfiado y emocionalmente fracturado. La campaña que viene probablemente será brutal. El miedo volverá a convertirse en estrategia electoral. Unos advertirán sobre el retorno del fujimorismo más duro; otros hablarán del riesgo de un salto al vacío.

Mientras tanto, el ciudadano común seguirá atrapado entre dos temores.

Temor a regresar a un pasado político que nunca terminó de rendir cuentas. Y temor a entregar el país a una aventura política cuyo destino todavía nadie puede explicar con claridad.

Esa es la verdadera pobreza de nuestra democracia: haber llegado nuevamente a una elección donde la esperanza parece ausente.

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