Sembrar el gusto por aprender: el acompañamiento y el amor de la familia en la educación de nuestros hijos

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Por: David Parra Reyes Colaborador

Muchos padres y madres en nuestras comunidades sienten un nudo en el estómago o cierto temor cuando ven a sus hijos abrir los cuadernos para hacer las tareas de la escuela. Nace entonces una preocupación muy común: el miedo a no saber qué responder o pensar que, por no haber tenido la oportunidad de terminar la escuela, no se les puede ayudar. Sin embargo, es fundamental recordar que para guiar el aprendizaje de nuestros hijos no se necesita un título académico ni haber cursado la secundaria; lo que realmente se necesita es presencia, paciencia, escucha e interés genuino por su progreso. La educación no consiste solo en memorizar fórmulas o fechas, sino en despertar la curiosidad por el mundo y el hábito de esforzarse cada día. Tu hogar es la primera escuela y tú eres la persona en quien tus hijos más confían.

Acompañar a un niño con las tareas no significa resolverle los ejercicios ni saber de antemano la respuesta correcta de cada materia. El verdadero papel de los padres es brindar apoyo emocional y ayudar a que el niño reflexione sobre lo que está haciendo. Si tu hijo se traba en un ejercicio o no entiende una lección, pídele que te la lea en voz alta y hazle preguntas sencillas como “¿qué entiendes de lo que dice ahí?” o “¿qué te explicó el profesor o la miss en la clase?”. Al intentar explicarte el tema con sus propias palabras, muchas veces él mismo descubrirá la solución. Decir con humildad “no conozco esa respuesta, pero vamos a buscarla o a preguntarle al profesor o a la miss juntos” no es una falta, sino una gran lección que les enseña que el aprendizaje dura toda la vida y que preguntar es el camino para aprender.

La lectura es la herramienta más poderosa para el aprendizaje de los niños, pues abre las puertas a todas las materias, desde las matemáticas hasta las ciencias sociales. Para sembrar el hábito de leer no hace falta comprar libros costosos ni tener una biblioteca en casa. Aprovecha las situaciones de la vida cotidiana en el campo o en el pueblo: pide a tu hijo que lea las etiquetas de los productos, las instrucciones de un empaque, las recetas de cocina, los letreros de la calle o las noticias del periódico. Cuando lean juntos un cuento o un texto, hazle preguntas para ver qué opinan de la historia y qué habrían hecho en el lugar de los personajes. Esta costumbre tan sencilla fortalece su lectura, amplía su vocabulario y les enseña a pensar por sí mismos.

Para que los niños se concentren al estudiar, no se requieren muebles de lujo, sino orden y un ambiente tranquilo. Crear una rutina diaria fijando un horario constante para hacer los deberes genera un hábito positivo que evita discusiones y cansancio. Basta con destinar un rincón limpio y bien iluminado de la mesa del hogar, asegurándose de apagar la televisión y alejar los teléfonos móviles u otros distractores mientras repasan sus lecciones. Ayudarles a organizar de antemano sus cuadernos, lápices y borradores evita que se interrumpa el estudio a cada momento y les enseña a ser ordenados y responsables con sus materiales escolares.

La relación con los maestros de la escuela debe ser una alianza cercana y de confianza. Ningún padre o madre debe sentir vergüenza de acercarse al profesor para preguntar cómo va su hijo o para explicar con transparencia las dificultades que puedan tener en casa, como la falta de internet o el tiempo limitado por los trabajos del campo. Los docentes valoran enormemente el interés de la familia y siempre buscarán alternativas para orientar a los niños. Reconocer el esfuerzo de tus hijos cuando estudian, interesarte por lo que hicieron en el colegio y celebrar sus logros, por pequeños que parezcan, les da la seguridad que necesitan para seguir adelante. Tu acompañamiento constante es el puente más firme para que tus hijos crezcan seguros, preparados y con la oportunidad de construir un futuro brillante.

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