Uchuraccay: 43 años después, la herida que sigue doliendo al periodismo
A 43 años de la matanza de ocho periodistas, un nuevo libro vuelve a cuestionar la versión que durante décadas explicó el crimen como una confusión. Carlos Infante, hijo de una de las víctimas, reconstruye el caso y plantea una hipótesis que apunta hacia una posible estrategia militar y paramilitar.

A 43 años de la matanza de ocho periodistas, un nuevo libro vuelve a cuestionar la versión que durante décadas explicó el crimen como una confusión. Carlos Infante, hijo de una de las víctimas, reconstruye el caso y plantea una hipótesis que apunta hacia una posible estrategia militar y paramilitar.
Hay heridas que el tiempo no consigue cerrar. Uchuraccay es una de ellas. El 26 de enero de 1983, ocho periodistas, un guía y un comunero fueron asesinados en las alturas de Ayacucho, cuando se dirigían a una comunidad para investigar hechos relacionados con la violencia que ya golpeaba con extrema dureza esa región. Entre las víctimas estaba Octavio Infante García, periodista ayacuchano y padre de Carlos Infante, quien entonces tenía apenas 11 años.
La tragedia conmocionó al país y dio origen a una investigación oficial encabezada por Mario Vargas Llosa. La conclusión que quedó instalada durante décadas fue que los comuneros de Uchuraccay confundieron a los periodistas con integrantes de Sendero Luminoso, en un escenario marcado por el miedo, la violencia, el aislamiento geográfico y las dificultades de comunicación entre el mundo rural andino y las autoridades y periodistas que llegaban desde las ciudades. Esa explicación se convirtió en la versión dominante del caso, aunque posteriormente fue cuestionada desde distintas investigaciones y testimonios.
Ahora, 43 años después, Carlos Infante vuelve a colocar Uchuraccay en el centro del debate con Dame tu cámara, carajo. Estrategia militar, paramilitarismo y masacre en Uchuraccay, una investigación publicada por la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga y ESM Book. El autor no pretende simplemente reconstruir una tragedia familiar. Su propósito declarado es discutir las versiones existentes y plantear una nueva hipótesis sobre lo ocurrido.
UNA VERSIÓN QUE NUNCA TERMINÓ DE CERRAR EL CASO
Para Infante, el problema comienza con la explicación de que los periodistas fueron asesinados simplemente porque los comuneros los confundieron con terroristas. En su investigación sostiene que existen elementos que hacen necesario revisar esa interpretación y prestar especial atención a lo ocurrido antes, durante y después del ataque.
Uno de esos elementos son las fotografías tomadas por Willy Retto, uno de los periodistas asesinados. Cuatro meses después de la matanza aparecieron nueve imágenes registradas por la cámara de Retto. En ellas se observa a los periodistas en contacto con comuneros de Uchuraccay, un material que, según Infante, cuestiona la idea de que no hubo posibilidad de identificación o comunicación entre ambos grupos.
El dato adquiere todavía mayor importancia porque el propio Octavio Infante conocía la zona y hablaba quechua, mientras que el grupo viajaba acompañado por un guía que también podía facilitar la comunicación. Para el autor, estos elementos obligan a revisar con mayor rigor la tesis de que todo se produjo por una incomprensión cultural.
Las fotografías de Retto, además, constituyen uno de los últimos registros de los periodistas con vida. La cámara terminó convirtiéndose en una pieza fundamental para quienes, décadas después, continúan intentando reconstruir aquellos últimos minutos.
LA HIPÓTESIS QUE APUNTA AL PODER MILITAR
La investigación de Carlos Infante va mucho más allá de cuestionar la confusión. Su principal hipótesis sostiene que en Uchuraccay habría existido una estructura de carácter paramilitar vinculada con la estrategia contrasubversiva desarrollada durante los primeros años de la guerra interna.
Infante plan tea que los llamados comités de autodefensa deben ser examinados dentro de ese contexto y sostiene que existieron mecanismos destinados a trasladar parte del costo de la lucha contra Sendero Luminoso hacia la propia población campesina. En su interpretación, determinados manuales y estrategias militares de la época contemplaban la participación de civiles en la confrontación contra los grupos subversivos.
Es una tesis polémica y debe entenderse como la interpretación que plantea el investigador a partir de documentos, testimonios y trabajo de campo. No equivale, por sí misma, a una nueva determinación judicial sobre responsabilidades. Sin embargo, su importancia radica en que vuelve a colocar bajo escrutinio el papel que pudieron desempeñar las estructuras militares y las autoridades de la época.
El libro señala además responsabilidades políticas y militares concretas y sostiene que la matanza no puede ser comprendida únicamente observando a los comuneros que participaron directamente en el ataque, sino examinando el contexto de la estrategia contrasubversiva aplicada en Ayacucho.
EL HIJO QUE DECIDIÓ VOLVER A LA ESCENA DEL CRIMEN
La investigación adquiere una dimensión particularmente dolorosa porque Carlos Infante no llegó a Uchuraccay como un investigador distante. Llegó como el hijo de una de las víctimas.
Tenía 11 años cuando perdió a su padre. Durante décadas convivió con una pregunta que terminó convirtiéndose en una obsesión periodística: qué había ocurrido realmente con Octavio Infante. En el proceso de reconstrucción regresó varias veces a la zona y rec orrió la ruta que siguieron los periodistas aquella jornada. La geografía permite dimensionar las dificultades que enfrentó el grupo: una ruta ubicada a miles de metros de altura, en un territorio donde las condiciones climáticas y el aislamiento hacían todavía más peligrosa cualquier investigación periodística.
La Asociación Nacional de Periodistas ha destacado precisamente esa triple condición del autor: hijo de una víctima, periodista e investigador de un episodio que forma parte de la memoria histórica del país.
Su investigación, por eso, no es solamente un ejercicio académico. Es también la búsqueda de una respuesta que una familia lleva más de cuatro décadas esperando.
UCHURACCAY Y EL PRECIO DE HACER PERIODISMO
La matanza dejó una marca profunda en la prensa peruana porque aquellos periodistas hicieron lo que muchas veces constituye la esencia más peligrosa del oficio: abandonar la seguridad de la ciudad y dirigirse hacia el lugar donde estaban ocurriendo los hechos.
No tenían teléfonos celulares, transmisiones en vivo ni las herramientas tecnológicas actuales. Tenían cámaras, libretas, experiencia y la decisión de llegar hasta una zona donde se desarrollaba una guerra que ya había convertido al periodismo en una actividad de alto riesgo.
Por eso la discusión que vuelve a abrir Carlos Infante no pertenece solamente al pasado. También interpela al periodismo actual. En la entrevista concedida a La República, el investigador cuestiona el alejamiento de los periodistas de los lugares donde ocurren los hechos y advierte sobre la pérdida de aquella mística que obligaba a salir de las redacciones para comprobar personalmente una historia.
Uchuraccay representa, en ese sentido, una memoria incómoda. No solo porque diez personas fueron asesinadas, sino porque ocho de ellas habían llegado hasta allí buscando información.
43 AÑOS DESPUÉS, LAS PREGUNTAS SIGUEN VIVAS
La historia oficial, las investigaciones posteriores, los testimonios y ahora el trabajo de Carlos Infante forman parte de un rompecabezas que todavía genera controversia. Su libro no convierte automáticamente su hipótesis en una verdad definitiva, pero sí vuelve a poner sobre la mesa documentos, fotografías y preguntas que durante décadas han acompañado a los familiares de las víctimas.
Quizá esa sea la principal razón por la que Uchuraccay continúa siendo una herida abierta. Porque una democracia no debería temerle a la revisión de su propia historia y mucho menos cuando detrás de esa historia están diez vidas arrancadas violentamente.
Los periodistas asesinados fueron a buscar una noticia y encontraron la muerte. Carlos Infante ha pasado buena parte de su vida intentando reconstruir los últimos pasos de su padre. Su libro representa ahora un nuevo capítulo de esa búsqueda y plantea una pregunta que todavía incomoda: ¿fue realmente Uchuraccay el resultado de una confusión o hubo detrás una trama mucho más compleja que nunca llegó a ser esclarecida por completo?
La respuesta definitiva seguirá siendo materia de investigación y debate. Lo que no debería desaparecer es la obligación de seguir preguntando. Porque mientras Uchuraccay sea reducida a una fecha y a una explicación repetida sin revisión, la memoria de aquellos periodistas permanecerá incompleta.
Y en periodismo, una historia que todavía tiene preguntas pendientes no está terminada.
