Llegó la primavera a Huánuco y el recuerdo del primer amor

POEMA AL PRIMER AMOR No sé en qué momento dejaste de ser presente para convertirte en recuerdo. Tal vez fue una tarde, una canción, o aquella fotografía que todavía guardo sin saber por qué. Fuimos jóvenes, y creímos que el amor duraría para siempre. Después llegó la vida, los caminos se separaron y aprendimos a olvidarnos. Pero hay recuerdos que no saben morir. A veces vuelves sin que te llame, en una canción, en una tarde de lluvia, en el silencio de la noche. Y entonces sonrío, con esa tristeza dulce de quien recuerda lo que nunca pudo volver a ser. Porque el primer amor no siempre se queda en la vida. A veces se queda para siempre en el corazón. HGADM. Henry Mauro.

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Por: Henry Aliaga Quinto Colaborador

Hay mañanas en Huánuco en las que el sol parece llegar antes que en otros lugares. Se descuelga sobre los tejados, ilumina las calles, enciende los cerros y se refleja en las aguas del Huallaga, como si quisiera anunciar que algo está por comenzar. Es septiembre y la primavera vuelve a la ciudad y a los campos, trayendo flores, juventud, alegría y también recuerdos que permanecían guardados en algún rincón de la memoria. Porque la primavera no es solamente una estación del año. Es también juventud, sueños y aquella primera emoción que alguna vez hizo que el corazón latiera de una manera diferente.

En Huánuco, la primavera tiene un paisaje propio. Está en la Plaza de Armas, donde generaciones enteras han pasado dejando pequeñas historias que nadie escribió. Allí estuvieron los estudiantes de uniforme, los amigos que se reunían después de clases, las familias que caminaban sin prisa y los jóvenes que buscaban cualquier pretexto para encontrarse con la persona que les gustaba. Bajo los árboles, alrededor de la pileta y en las calles que desembocan en la plaza, seguramente comenzaron muchas historias que nunca llegaron a los periódicos, pero que quedaron para siempre en el corazón de quienes las vivieron.

Porque el primer amor no necesita grandes escenarios. A veces basta una tarde, una sonrisa y unas pocas palabras. Puede comenzar en un salón de clases, en una fiesta, en una reunión de amigos o durante una caminata por las calles de una ciudad que conocemos desde siempre. Puede ser una carta escrita con nervios, una llamada telefónica esperada durante horas o una canción que, de pronto, deja de ser solamente una canción porque adquiere un nombre y un rostro.

Hubo un tiempo en que enamorarse significaba esperar. Esperar una carta, una llamada, una visita o el momento de volver a encontrarse. Una fotografía se guardaba como un pequeño tesoro y una caminata junto a la persona querida podía ser suficiente para convertir una tarde cualquiera en un recuerdo inolvidable. Hoy todo sucede con mayor rapidez, pero hay emociones que ninguna tecnología ha podido cambiar: el nerviosismo antes de un encuentro, la ilusión de recibir un mensaje, el miedo a no ser correspondido y esa felicidad sencilla de saber que alguien piensa en nosotros.

Tal vez por eso el primer amor permanece de una manera tan particular. No siempre es el amor que dura toda la vida. Algunas veces termina antes de que podamos comprender lo que sentimos; otras nunca llegan a ser correspondido. Hay historias que se pierden con los años y otras que se transforman en familia, hijos y nietos. Pero incluso cuando termina, queda algo que el tiempo difícilmente puede borrar: la memoria de haber sentido, por primera vez, que otra persona podía ocupar un lugar importante en nuestra vida.

El Huallaga forma parte de esa memoria huanuqueña. El río sigue su curso mientras la ciudad cambia a sus orillas. Ha visto crecer barrios, levantarse puentes, modificarse las costumbres y pasar generaciones enteras. También ha acompañado las conversaciones de quienes alguna vez caminaron cerca de sus aguas hablando de sus sueños, de sus preocupaciones y de sus amores.

Quien se fue de Huánuco y regresa después de muchos años puede descubrir que ciertos paisajes tienen la capacidad de devolverle una parte de su pasado. Basta reconocer una calle, una esquina o el perfil de un cerro para que aparezca de nuevo un recuerdo que parecía perdido. La ciudad cambia, pero conserva pequeñas señales capaces de abrir las puertas de la memoria.

El paisaje se prolonga hacia Amarilis y Cayhuayna, lugares que han crecido junto con la ciudad y que también forman parte de la historia cotidiana de varias generaciones. Allí están las calles por donde caminaron estudiantes, los barrios donde crecieron familias y aquellos espacios donde alguna vez comenzaron amistades y romances que el tiempo llevó por diferentes caminos.

Y más allá aparece Tomayquichua, con sus campos verdes, sus laderas, sus caminos tranquilos y ese paisaje que parece hecho para la contemplación. Bajo el cielo abierto, entre árboles y sembríos, el valle adquiere en primavera una belleza particular. Hay lugares que parecen guardar el tiempo y Tomayquichua es uno de ellos. Una tarde allí puede despertar la nostalgia de aquello que fuimos y de las personas que alguna vez caminaron a nuestro lado.

Quizá por eso hablar de primavera es también hablar de memoria. Los adultos solemos caminar por las mismas calles con una mirada distinta. La vida nos llena de responsabilidades, preocupaciones y compromisos, hasta que una canción antigua, una fotografía o una tarde de septiembre nos devuelve inesperadamente a otra época.

Entonces regresan los amigos, las tardes de colegio, las fiestas, las caminatas y aquella persona que hizo que todo pareciera diferente. Quizá no sabemos dónde está hoy. Tal vez vive lejos, formó otra familia o simplemente tomó un camino distinto. Quizá nunca volvimos a verla. Pero existe una parte de ella que permanece en nuestra memoria, no necesariamente como deseo de regresar, sino como parte de la historia de quienes fuimos.

Ese es el misterio del primer amor: no siempre permanece la persona, pero permanece la sensación. Permanece aquel muchacho o aquella muchacha que alguna vez fuimos, con sus ilusiones intactas y esa manera casi inocente de creer que algunas cosas podían durar para siempre.

Mientras tanto, Huánuco continúa cambiando. Amarilis y Cayhuayna siguen creciendo, nuevas generaciones llenan las aulas y las calles, y el Huallaga continúa su recorrido. Tomayquichua conserva sus paisajes, sus caminos y esa serenidad que invita a mirar hacia atrás. La Plaza de Armas sigue siendo punto de encuentro y escenario de nuevas historias.

Y así ocurre con cada primavera. Regresa cada año y encuentra una ciudad diferente, pero también encuentra jóvenes que comienzan a escribir sus propias historias. Alguien estará esperando una llamada, alguien caminará junto a quien le gusta, alguien escuchará una canción pensando en una persona y alguien descubrirá, por primera vez, esa extraña sensación de tener el corazón ocupado.

Quizá dentro de veinte o treinta años esos mismos jóvenes regresen a Huánuco. Volverán a la Plaza de Armas, contemplarán el Huallaga, recorrerán Amarilis o Cayhuayna y quizá tomarán el camino hacia Tomayquichua. Entonces descubrirán que algunos paisajes tienen el poder de devolvernos una edad que creíamos perdida.

Recordarán las voces de sus amigos, las canciones de entonces, las tardes interminables y aquella persona que hizo que una primavera fuera diferente de todas las demás.

Porque el tiempo pasa, las ciudades cambian y las personas toman distintos caminos, pero la memoria conserva algunas tardes como si nunca hubieran terminado.

Y hay primaveras que duran solamente una estación, mientras otras permanecen para siempre.

Quizá esa sea la verdadera magia de septiembre: recordarnos que alguna vez fuimos jóvenes, que tuvimos sueños que parecían posibles y que hubo un momento en que alguien consiguió que el mundo entero pareciera más luminoso.

Y quizá, cuando vuelva otra primavera, alguien mire el cielo de Huánuco, escuche una vieja canción y sonría al recordar que alguna vez, entre el sol, el río, los campos de Tomayquichua y las calles de esta ciudad, también tuvo un primer amor.

POEMA AL PRIMER AMOR

No sé en qué momento
dejaste de ser presente
para convertirte en recuerdo.

Tal vez fue una tarde,
una canción,
o aquella fotografía
que todavía guardo
sin saber por qué.

Fuimos jóvenes,
y creímos que el amor
duraría para siempre.

Después llegó la vida,
los caminos se separaron
y aprendimos a olvidarnos.

Pero hay recuerdos
que no saben morir.
A veces vuelves
sin que te llame,
en una canción,
en una tarde de lluvia,
en el silencio de la noche.
Y entonces sonrío,
con esa tristeza dulce
de quien recuerda
lo que nunca pudo volver a ser.

Porque el primer amor
no siempre se queda en la vida.

A veces se queda
para siempre en el corazón.

HGADM. Henry Mauro.

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