Virgilio López Calderón: el hombre que le ganó una batalla al olvido

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Por: Henry Aliaga Quinto Colaborador

Hay ciudades que guardan su memoria en los archivos, en las fotografías antiguas y en las piedras de sus monumentos. Hay otras que la conservan en la voz de sus habitantes, en el nombre de una calle, en una vieja casa, en una fiesta que alguna vez congregó a todo un barrio o en aquella palabra que nuestros abuelos pronunciaban y que hoy casi nadie recuerda. Huánuco tuvo a un hombre que entendió que esas pequeñas cosas también forman parte de la historia. Mientras algunos veían una calle, él encontraba un relato; mientras otros escuchaban una palabra antigua, él descubría una época; mientras el tiempo borraba lentamente los rostros de quienes habían construido la vida cotidiana de la ciudad, él tomaba la pluma para rescatarlos del olvido. Ese hombre fue Jesús Virgilio López Calderón, médico, escritor, poeta y cronista, un huanuqueño que convirtió los recuerdos de su tierra en literatura.

Virgilio López Calderón nació en Huánuco el 5 de junio de 1936 y murió en Lima el 2 de febrero de 2019, a los 82 años. Su trayectoria profesional estuvo marcada por la medicina, pero su verdadera relación con la ciudad se expresó también a través de sus libros y crónicas. Fue médico cirujano, docente universitario y escritor. Durante décadas ejerció la profesión médica, pero nunca abandonó la literatura. Por su permanente dedicación a registrar personajes, costumbres, barrios, tradiciones, acontecimientos y expresiones del pasado huanuqueño, fue reconocido como el “Cronista de Huánuco”.

Su vida estuvo atravesada por dos vocaciones que, lejos de enfrentarse, terminaron complementándose. Estudió Medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde egresó como médico cirujano en 1964 y posteriormente obtuvo el grado de Doctor en Medicina en 1975. Ejerció durante más de cinco décadas y también estuvo vinculado a la Universidad Nacional Hermilio Valdizán como docente. Sin embargo, mucho antes de vestir una bata blanca, ya había descubierto el poder de las palabras.

En una entrevista concedida en 2017, cuando tenía 80 años, recordó que desde niño escuchaba las historias que le contaban sus padres. Aquellas narraciones despertaron su imaginación y alimentaron una pasión que nunca lo abandonaría. Escribía poemas y cuentos desde temprana edad y llegó a decir una frase que resume su relación con la literatura: “No concibo la vida sin escribir”. No era una declaración circunstancial. Su vida demuestra que escribir fue para él una necesidad tan persistente como la medicina.

Su incorporación a la literatura huanuqueña adquirió especial importancia con su participación en la antología Cuento Huanuqueño, publicada en 1982. Cinco años después apareció Crónicas del Ayer, obra que marcaría el comienzo de una extensa producción dedicada a la memoria de su ciudad. Luego publicó Gaucho Besada y otras crónicas del Ayer, Miguel Guerra y más crónicas del Ayer, La Fiesta de Bermúdez y Nuevas Crónicas del Ayer, entre otros trabajos. En 2017, el propio autor señalaba que había escrito cientos de crónicas, muchas de ellas dedicadas a personajes y acontecimientos que formaban parte de la memoria cotidiana de Huánuco.

Pero la importancia de Virgilio López Calderón no está únicamente en la cantidad de sus publicaciones. Está en aquello que decidió contar. En una época en la que la historia suele concentrarse en personajes ilustres, acontecimientos políticos y fechas memorables, él dirigió su mirada hacia la gente común. Sus protagonistas fueron vecinos, comerciantes, trabajadores, familias, mujeres, personajes populares y hombres y mujeres que, sin ocupar un lugar en los libros oficiales, habían dejado una huella en la vida de la ciudad.

Su literatura convirtió a esos personajes en protagonistas de una memoria colectiva.

Por sus páginas desfilan nombres como Rupico, Bataco, Runtuca, Ishaco Molero y Gaucho Besada. Cada uno de ellos representa una parte de aquel Huánuco que fue desapareciendo con el paso de los años. No eran solamente nombres. Eran rostros, voces, anécdotas y formas de vivir. Al escribir sobre ellos, López Calderón evitó que su recuerdo quedara reducido a la memoria de quienes los conocieron personalmente.

Lo mismo ocurrió con los barrios. Para él, Huánuco no era únicamente una ciudad delimitada en un mapa. Era un conjunto de espacios con personalidad, historias y habitantes. Iscuchaca, Huallayco, La Alameda, La Cruz Blanca, San Pedro Pendencia y El Beaterio aparecen en sus escritos como escenarios vivos. En ellos se desarrolla una parte de la historia cotidiana que difícilmente podría encontrarse en un documento oficial.

Esa mirada explica por qué sus crónicas tienen un valor que va más allá de la literatura. Son también testimonios de una ciudad que cambió.

López Calderón conoció el Huánuco de su infancia y fue testigo de su transformación. Vio crecer la ciudad, desaparecer antiguas costumbres y cambiar las formas de relacionarse entre los vecinos. Comprendió que el progreso podía modificar inevitablemente el paisaje, pero también advirtió que, junto con las casas y las calles, podían desaparecer palabras, tradiciones y recuerdos.

Por eso escribió sobre lo que parecía pequeño.

Una palabra podía convertirse en una historia. En una de sus evocaciones recordó el término “canesú”, asociado a un recuerdo de su infancia. Aquella palabra aparentemente insignificante le permitió reconstruir una escena de otro tiempo. Allí se encuentra una de las claves de su obra: entender que la memoria no siempre se encuentra en los grandes acontecimientos. A veces está escondida en una palabra que solamente una generación conoce.

López Calderón no se consideraba historiador. Su trabajo era el de un escritor que relataba la vida de los huanuqueños desde su propia mirada. Y justamente esa perspectiva personal le permitió acercarse a la ciudad de una manera diferente. No pretendía escribir una historia académica, sino recuperar la atmósfera de una época y devolverle al lector los rostros y las voces de quienes la vivieron.

Su condición de médico también influyó en esa mirada. Durante décadas escuchó a sus pacientes, conoció sus preocupaciones y compartió con ellos fragmentos de sus vidas. El médico observaba al ser humano; el cronista observaba a la sociedad. Ambos oficios exigían escuchar, mirar y comprender. Quizá por eso sus relatos tienen esa proximidad con la gente.

En 1985, además, participó en gestiones relacionadas con la adquisición del terreno donde posteriormente funcionaría el local principal de EsSalud en Huánuco. Su relación con la ciudad, por tanto, no se limitó a la escritura. Fue también un profesional que participó activamente en diferentes aspectos de la vida de su comunidad.

Cuando murió en Lima, el 2 de febrero de 2019, Huánuco perdió a uno de sus principales narradores de la memoria local. Pero sus libros continuaron hablando. Su obra no quedó encerrada en el pasado. En diciembre de 2021, Amarilis Indiana Editores presentó una colección de cinco libros que reunió 46 textos literarios escritos por López Calderón entre 1987 y 2019. Ese mismo año, durante el Festival del Libro “Leyendo a Huánuco”, se rindió homenaje a su memoria y se difundió Los Barrios de Huánuco.

Aquellos homenajes demostraron que el escritor seguía teniendo algo que decir.

Y quizá lo que tiene que decirnos hoy es más importante que nunca.

Las ciudades continúan creciendo. Las nuevas generaciones construyen su propio presente y miran hacia el futuro. Pero en ese proceso existe el riesgo de olvidar de dónde vienen. Las casas antiguas desaparecen, los barrios cambian, las costumbres se transforman y muchas palabras dejan de utilizarse. Cuando mueren quienes guardaban esos recuerdos, una parte de la memoria colectiva puede desaparecer con ellos.

Virgilio López Calderón se adelantó a ese peligro. No pudo detener el tiempo. No pudo conservar intacta la ciudad que conoció durante su infancia. No pudo evitar que sus personajes murieran ni que los barrios cambiaran. Pero consiguió algo que el tiempo no pudo arrebatarle: dejó sus historias escritas.

Ese es, quizá, su verdadero legado. No haber construido monumentos de piedra, sino monumentos de palabras.

Cada crónica suya es una ventana hacia un Huánuco que ya no existe exactamente como entonces, pero que todavía puede ser visto, escuchado e imaginado. Sus libros permiten que los jóvenes conozcan a personajes que pertenecieron a otra época, que las familias reconozcan historias transmitidas por sus mayores y que la ciudad pueda mirarse en el espejo de su propio pasado.

Por eso Virgilio López Calderón no debería ser recordado únicamente como el médico que escribía o como el cronista que hablaba del ayer. Fue un hombre que comprendió que el pasado también necesita quien lo cuente.

Huánuco cambió. Sus calles cambiaron. Sus personajes desaparecieron. El tiempo hizo su trabajo. Pero quedaron sus palabras.

Y mientras alguien vuelva a abrir uno de sus libros, mientras un lector encuentre en sus páginas el nombre de un antiguo vecino, una vieja costumbre, un barrio o una palabra que parecía perdida, Virgilio López Calderón seguirá caminando por la ciudad que tanto amó.

No por las calles de cemento, no por las plazas, no por las casas, …Caminará por la memoria. Porque aquel hombre que durante toda su vida escribió sobre el Huánuco de ayer dejó, sin saberlo, un mensaje para el Huánuco de mañana: una ciudad puede cambiar de rostro, pero nunca debería olvidar la historia que lleva dentro.

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