A 14 días del balotaje en un país surrealista o macondiano

Por: Roger Rondón Bardón Colaborador

Las mentes más brillantes, lúcidas y cultas —historiadores, académicos, profesores, analistas variopintos, políticos, politólogos, literatos y periodistas de toda laya— han sido subsumidas, tragadas y/o engullidas, no por Cancerbero, monstruo de tres cabezas y guardián del tercer círculo del infierno dantesco, sino por las fauces de grupos de poder ligados al conservadurismo derechista más abyecto y a la más desastrosa hermenéutica de principios sociales, así como por la acción de una izquierda catatónica y crematística.

Ambas “posiciones”, más que ideologías, parecen bandas carentes de emoción social, de sentido común, de equidad y de justicia. Contrariamente a lo que pregonan, buscan prebendas, ventajas personales y beneficios grupales, especialmente en el denominado “Congreso”, que atenta contra los intereses de quienes los eligieron para legislar, controlar y representar. Han caído en el torrente nauseabundo que corre por una cloaca hacia el sumidero donde, inevitablemente, terminarán engullidos.

Las canonjías y gollerías obtenidas con una sinvergüencería digna de un premio a la estulticia más despreciable, se traducen en una serie de actos deleznables. Todo ello se grafica en un culebrón kafkiano de “leyes” atentatorias contra un verdadero Estado de derecho.

La causa común que los enlaza en una amalgama espuria es la defensa de sus intereses personales y grupales. Aquí, rojetes, verdetes y amarilletes se unen. El ejemplo más evidente es la conformación de una mesa directiva congresal anuente, servil y genuflexa frente a las presiones de fuerzas extracongresales, mientras el Ejecutivo, jugando en tándem, calla y aprueba estas barrabasadas, pues su objetivo va más allá del 2026.

La distorsión de principios éticos, morales y de justicia se implementa a fortiori en nuestra patria y nos muestra que el país vive un surrealismo que ni André Breton, creador de esta corriente, hubiera imaginado. La realidad nos pone los pelos de punta: la liberación de Fujimori, contraviniendo convenios internacionales, nos ubica en la categoría de “país paria”. Dicha liberación fue decidida por solo tres de los seis miembros del Tribunal Constitucional, hecho insólito y controversial.

A ello se suma la propuesta demagógica inicial de Boluarte llamando a elecciones presidenciales y congresales; el golpe de Estado suicida e irracional del más que “picabolsos” Castillo; Sarratea, convertida en madriguera de conciliábulos de maleantes; ministros extraídos de los bajos fondos; periodistas “mermeleros” que callan en siete lenguas; y una vicepresidenta de origen izquierdista que, por azar del destino, fue ungida como presidenta y luego vacada por sus propios socios políticos.

Nuevamente, el mafioso Congreso colocó a José Jerí, cuestionado por sus vínculos con mafias chinas y puesto en evidencia por visitas realizadas de manera embozada. Posteriormente, también fue vacado y reemplazado por Balcázar, personaje colocado en la presidencia interina por un Congreso omnipresente dominado por el fujimorismo, hoy aupado a la derecha en un cambio verdaderamente camaleónico.

Asimismo, aprobaron leyes para proteger universidades de cartón que buscan escapar de la supervisión de la Sunedu; promovieron un incremento exponencial de leyes procrimen; y demostraron la inexistencia de un verdadero plan de seguridad y liderazgo para combatir la delincuencia.

La letanía de hechos surrealistas continúa: la crisis del Ministerio Público, convertido en una auténtica caja de Pandora, pone en riesgo la justicia. Su exfiscal Benavides, defenestrada por la Junta Nacional de Justicia (JNJ) y acusada de pertenecer a una organización criminal, habría intentado cambiar votos de parlamentarios utilizando carpetas fiscales a cambio de archivar investigaciones contra innombrables congresistas. A ello se suman los “mochasueldos” por doquier, jamás sancionados ni tocados siquiera con el pétalo de una rosa por la Comisión de Ética.

En este panorama político, expuesto aquí de manera escueta, los ciudadanos nos encontramos entre la espada y la pared al momento de decidir nuestro voto.

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