Tomaykichwa, donde la memoria todavía tiene un lugar

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Por: Henry Aliaga Quinto Colaborador

Hay pueblos que parecen guardar algo que el tiempo no ha conseguido llevarse. Tomaykichwa es uno de ellos. A unos 19 kilómetros de la ciudad de Huánuco, en la provincia de Ambo, la campiña aparece entre montañas, campos de cultivo y verdes laderas, silenciosa y serena, como si los años hubieran pasado por sus caminos sin conseguir borrar las huellas de quienes alguna vez los caminaron.

Llegar hasta Tomaykichwa es entrar lentamente en otro ritmo. El paisaje se abre, el ruido de la ciudad queda atrás y aparecen las casas, los sembríos, los caminos y esa tranquilidad propia de los pueblos andinos que todavía conservan una relación íntima con la tierra. Allí, el presente convive con los recuerdos y la historia parece esconderse en los rincones más sencillos. Su nombre, asociado a voces quechuas y tradicionalmente interpretado en relación con la idea de una tierra o valle de clima templado, parece guardar también algo de su carácter. Tomaykichwa es una tierra amable, pero profundamente marcada por su pasado. Sus raíces se remontan a tiempos prehispánicos y su territorio estuvo vinculado al grupo étnico de los Chupaychos.

El 18 de diciembre de 1935, durante el gobierno del presidente Óscar R. Benavides, fue creado políticamente como distrito. Desde entonces, sus habitantes han ido construyendo una historia propia, hecha de trabajo, celebraciones, fe y memoria. Pero las fechas oficiales solo cuentan una parte de esa historia. La otra permanece en las voces de sus pobladores, en sus costumbres y en aquellas pequeñas historias que se niegan a desaparecer. Quizá por eso Tomaykichwa tiene una relación tan particular con el pasado. Aquí la historia no parece estar encerrada en libros. Está en las viejas paredes de adobe, en las fiestas que regresan cada año, en las imágenes religiosas, en las canciones, en los pasos de los danzantes y en la memoria familiar.

Entre esos recuerdos aparece Micaela Villegas Hurtado, conocida como La Perricholi, cuya vida permanece vinculada a la tradición histórica de este pueblo. Su nombre ha quedado asociado a una antigua casona de adobe que todavía forma parte del paisaje local. Más que una presencia monumental, es una evocación: la imagen de una mujer que pertenece a otro siglo y que, sin embargo, continúa siendo recordada en una tierra que hizo de su memoria parte de su identidad. En el 2017, esa memoria encontró también un rostro joven en Katerin Melissam Guerra García, elegida Señorita Perricholi. Su presencia representó, desde una nueva generación, la continuidad de un vínculo que el tiempo no ha logrado romper. Porque los pueblos también sobreviven de esa manera: entregando sus historias a los jóvenes para que ellos decidan cómo contarlas en el futuro.

Pero Tomaykichwa no vive solamente de sus personajes. Su historia también fue recogida por la literatura. Enrique López Albújar, uno de los grandes nombres de la narrativa peruana, encontró en este pueblo inspiración para El hechizo de Tomaykichwa, obra que convirtió el paisaje y la vida de esta tierra en materia literaria. Desde entonces, el nombre de Tomaykichwa quedó también suspendido en las páginas de la literatura peruana. El arte encontró aquí otra forma de mirar. José Ricardo Estanislao Ulises Flores Gutiérrez de Quintanilla llevó a sus obras, mediante la técnica del puntillismo, los paisajes de esta campiña. Montañas, campos y espacios rurales que quizá para sus habitantes forman parte de la vida cotidiana adquirieron, bajo la mirada del artista, otra dimensión. Y es que hay lugares que no necesitan inventar belleza. Les basta con conservarla.

En Tomaykichwa, las fiestas son quizá la expresión más profunda de esa permanencia. Cuando llegan los carnavales, el pueblo cambia de ánimo. La música, los juegos, los disfraces y la alegría llenan las calles. Por unos días, las preocupaciones parecen quedar suspendidas y la comunidad vuelve a encontrarse alrededor de una celebración que pertenece a todos. Después llega la Semana Santa, con su tono diferente. Las calles se llenan de recogimiento, las imágenes religiosas recorren el pueblo y los vecinos participan en representaciones y procesiones que mezclan fe y tradición. Es una celebración que conmueve porque detrás de cada acto existe una historia familiar, una promesa, una costumbre aprendida de los padres y de los abuelos. El 30 de agosto, Santa Rosa de Lima vuelve a reunir a los pobladores. Y cuando diciembre llega con sus noches largas y sus silencios de verano andino, Tomaykichwa vuelve a transformarse con la llegada de los Negritos.

Los Negritos de Tomaykichwa, expresión reconocida como Patrimonio Cultural de la Nación, representan mucho más que una danza. Son memoria en movimiento. Son música, devoción y sacrificio. Son generaciones enteras que han aprendido los pasos y los han repetido hasta convertirlos en una segunda naturaleza. Hay algo profundamente conmovedor en observar a los danzantes. Quizá porque en cada paso se siente la presencia de quienes estuvieron antes. Los mayores que enseñaron, los que ya no están, los mayordomos que hicieron posible la fiesta, los niños que miran y algún día ocuparán su lugar. Así se construye una tradición: alguien la recibe, la cuida y, cuando llega el momento, la entrega.

Más allá de las celebraciones, el territorio guarda otros silencios. En las alturas se encuentran los restos arqueológicos de Auquinmarca, estructuras de piedra que hablan de un tiempo anterior a la historia republicana y colonial. Las lagunas de Estanco ofrecen otra experiencia, rodeadas de montañas y campos donde el paisaje parece extenderse sin prisa. También están los espacios donde la vida cotidiana continúa ligada al trabajo. La Casa Hacienda Cachigaga conserva la memoria de una actividad agroindustrial relacionada con la caña de azúcar y sus derivados. La Granja Lindero permite acercarse a la producción ganadera y láctea, mientras que la feria dominical de la plaza de armas reúne productos agrícolas, artesanías y expresiones del trabajo local.

En esos espacios hay una verdad sencilla: Tomaykichwa no es únicamente lo que cuenta de sí misma. También es lo que todavía produce, cultiva, cocina y celebra. Y entonces aparece la comida. La pachamanca llega a la mesa con el aroma de la tierra y de las piedras calientes. El picante de cuy conserva el sabor de una cocina que no necesita artificios para permanecer. El locro de gallina recuerda aquellas comidas familiares en las que el tiempo parecía detenerse alrededor de una olla. La gastronomía, como las fiestas, también es una forma de memoria. Las recetas sobreviven porque alguien las aprendió mirando a su madre, a su abuela o a quien cocinaba antes. Y así, casi sin darse cuenta, una generación termina entregándole a la siguiente algo que no está escrito en ningún libro.

Tal vez esa sea la mayor riqueza de Tomaykichwa: su capacidad para conservar aquello que el tiempo suele llevarse. Porque el tiempo ha cambiado muchas cosas. Han cambiado los caminos, las formas de comunicarse, las costumbres cotidianas y las aspiraciones de sus habitantes. Pero todavía quedan las montañas, las fiestas, las antiguas paredes, los sabores, las historias y esa memoria que vuelve cada año para recordarle al pueblo quién es. Hay también una cierta melancolía en Tomaykichwa. No la melancolía de un pueblo detenido, sino la de una tierra que sabe que todo cambia. Quizá por eso sus tradiciones adquieren tanto valor. Porque cada fiesta que se repite, cada danza que se aprende y cada plato que vuelve a prepararse es una pequeña victoria contra el olvido.

Y mientras las nuevas generaciones toman el relevo, nombres como el de Katerin Melissam Guerra García, Señorita Perricholi 2017, quedan inscritos en esa cadena de recuerdos que une el pasado con el presente. Tomaykichwa sigue allí, entre las montañas de Huánuco, con sus caminos y sus silencios. A veces alegre, a veces solemne, a veces envuelta en la nostalgia de lo que ya no vuelve. Pero siempre viva. Quizá por eso quien llega a esta campiña termina descubriendo que no todos los viajes se hacen para encontrar algo nuevo. Algunos se hacen para recordar lo que todavía permanece. Y cuando la tarde comienza a caer sobre las montañas, cuando las calles recuperan su silencio y el paisaje se tiñe lentamente de sombras, Tomaykichwa parece guardar sus historias una vez más.

Como si supiera que mañana alguien volverá a contarlas. Como si supiera que mientras exista alguien dispuesto a recordarlas, la memoria de un pueblo nunca termina de irse.

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