Terror en Sullana: sicarios asesinan a cuatro miembros de una familia dentro de su vivienda

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La violencia volvió a golpear a Piura con una ferocidad que estremece. Cuatro integrantes de una familia, entre ellos un menor de edad, fueron asesinados durante un ataque armado registrado en el asentamiento humano Santa Teresita, en la provincia de Sullana.

La noche del jueves 4 de junio, Sullana volvió a convertirse en escenario de una escena de horror. En cuestión de segundos, una vivienda familiar dejó de ser refugio para transformarse en blanco de una incursión criminal ejecutada con una frialdad que revela hasta qué punto el sicariato ha ganado terreno en el norte del país. Cuatro personas murieron acribilladas y otras resultaron heridas luego de que sujetos armados irrumpieran en el sector Santa Teresita y dispararan sin piedad contra quienes se encontraban en el exterior e interior del inmueble.

De acuerdo con los primeros reportes, el ataque ocurrió alrededor de las 9:50 de la noche, en la zona ubicada entre la calle Atahualpa y la transversal Unión, donde varios miembros de una familia se encontraban reunidos cerca de su vivienda. En ese momento, sujetos encapuchados llegaron a bordo de motocicletas lineales, descendieron y abrieron fuego directamente contra las víctimas. La violencia del ataque fue tal que los vecinos aseguran haber escuchado más de 50 disparos en menos de un minuto.

Las cámaras de seguridad de la zona habrían registrado parte del accionar de los delincuentes. En las imágenes, según los reportes difundidos, se observa cómo dos de los atacantes se acercan caminando hacia la vivienda y disparan a quemarropa contra personas que estaban sentadas en la puerta. Luego, uno de ellos ingresa al inmueble y continúa disparando contra quienes se encontraban dentro. Otro permanece afuera, recarga su arma y sigue efectuando disparos antes de huir con sus cómplices.

La escena dejó cuatro víctimas mortales. La Policía identificó entre los fallecidos a Elar Claudio Salvador Atoche, de 33 años; Jatdar Jesús Loro Cornejo, de 18; Diego Arnaldo Meca Juárez, de 28; y un adolescente de iniciales J.D.M.R., de 15 años, quien llegó sin vida al hospital. También se reportaron heridos, trasladados de emergencia al Hospital de Apoyo de Sullana, donde permanecen bajo atención médica.

Aunque las investigaciones recién se encuentran en etapa preliminar, una de las hipótesis apunta a que la familia habría recibido amenazas antes del crimen. Esa línea deberá ser confirmada por la Policía y el Ministerio Público, que llegaron hasta la zona para realizar las diligencias, recoger casquillos, revisar videos de seguridad y recoger testimonios de vecinos. Lo cierto es que el ataque no parece responder a un hecho casual, sino a una acción planificada, ejecutada por sujetos que actuaron con coordinación, armas de fuego y vehículos listos para la fuga.

El crimen ha provocado indignación entre los moradores de Santa Teresita y de toda Sullana. La frase que se repite en las calles es dolorosa y contundente: ya no se puede vivir en paz. Los vecinos denuncian que los asesinatos, las extorsiones y los ataques armados se han vuelto parte de una rutina insoportable. La población siente que los delincuentes conocen los horarios, se desplazan con facilidad, disparan en zonas habitadas y escapan sin mayores obstáculos.

Este nuevo caso no solo enluta a una familia; también vuelve a desnudar el fracaso de la estrategia de seguridad frente al sicariato. Porque cuando cuatro personas pueden ser asesinadas dentro o frente a su casa, cuando un menor de edad termina alcanzado por las balas, cuando los criminales disparan decenas de veces en plena zona urbana y luego se marchan en motocicletas, el mensaje para la ciudadanía es devastador: el Estado llega tarde, investiga después y casi nunca previene.

Sullana no necesita únicamente operativos posteriores ni patrullajes de emergencia después de cada masacre. Necesita inteligencia policial real, control de armas, investigación financiera contra las redes criminales, persecución efectiva de las bandas de extorsión y presencia sostenida en los puntos donde la violencia se ha normalizado. La población no puede seguir dependiendo de cámaras de seguridad vecinales para saber quién mató, ni de testimonios de moradores aterrorizados para reconstruir ataques que pudieron evitarse.

El sicariato avanza cuando la impunidad se vuelve costumbre. Y en regiones golpeadas por la criminalidad, cada crimen sin resolver fortalece la sensación de abandono. Las familias viven encerradas, los negocios trabajan con miedo, los jóvenes crecen entre balaceras y los barrios terminan aceptando como normal lo que nunca debería normalizarse: que matar sea fácil y escapar también.

La Policía informó que continúa con las investigaciones para identificar y capturar a los responsables. Sin embargo, la exigencia ciudadana va más allá de una captura. La población quiere saber quién ordenó el ataque, cuál fue el móvil, qué bandas operan en la zona y por qué los criminales se mueven con tanta libertad. La justicia no puede quedarse en detener a los ejecutores si detrás de ellos existen redes que financian, ordenan y protegen estos crímenes.

El asesinato de cuatro integrantes de una familia en Sullana debe ser tomado como una señal de alarma nacional. No se trata de un hecho aislado ni de una estadística más en los reportes policiales. Es una muestra brutal de cómo la violencia organizada ha penetrado la vida cotidiana de miles de peruanos. Hoy fue Santa Teresita. Mañana puede ser cualquier barrio donde el Estado solo aparece después de que las balas ya hicieron su trabajo.

Mientras los familiares lloran a sus muertos y los heridos luchan por recuperarse, Sullana exige respuestas. No discursos. No promesas. No visitas protocolares. Respuestas concretas. Porque una sociedad que se acostumbra a contar muertos cada semana termina perdiendo algo más que seguridad: pierde la confianza en sus instituciones y el derecho elemental a vivir sin miedo.

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