Sánchez busca ampliar su frente político con apoyo de Belmont, López Chau y Forsyth antes de la segunda vuelta

A tres días de la segunda vuelta presidencial, Roberto Sánchez intentó enviar una señal política que va más allá de su propio partido. El candidato de Juntos por el Perú apareció este jueves acompañado por los excandidatos Ricardo Belmont, Alfonso López Chau y George Forsyth, quienes hicieron público su respaldo frente a Keiko Fujimori en la recta final de una campaña marcada por la polarización, el voto antifujimorista y la disputa por los electores que aún no terminan de definir su posición.
La conferencia se realizó en el Hotel Bolívar, en el Centro de Lima, un escenario elegido no solo para formalizar adhesiones, sino también para proyectar una imagen de amplitud política. La presencia de tres figuras provenientes de espacios distintos busca reforzar el mensaje de que la candidatura de Sánchez intenta dejar de ser vista únicamente como una propuesta de izquierda y presentarse como una alternativa capaz de agrupar a sectores democráticos, populares, independientes y críticos del retorno del fujimorismo al poder.
El respaldo de Belmont, López Chau y Forsyth no es menor en términos simbólicos. Cada uno representa un sector distinto del electorado. Belmont mantiene presencia en un segmento ciudadano que lo asocia con un discurso frontal y antisistema; López Chau expresa una corriente más académica, reformista y universitaria; mientras que Forsyth conserva llegada en sectores urbanos que alguna vez lo vieron como una opción de renovación política. Aunque ninguno llegó a la segunda vuelta, su adhesión en este tramo final busca sumar señales hacia un electorado fragmentado.
Durante el encuentro, los excandidatos coincidieron en la necesidad de cerrar filas frente a la candidatura de Keiko Fujimori. La lectura política de este respaldo apunta a convertir la segunda vuelta en algo más que una competencia entre dos nombres: para sus promotores, se trata de una definición sobre el tipo de poder que gobernará el país durante los próximos años. En ese marco, Sánchez intenta construir una narrativa de unidad frente a lo que sus aliados consideran el riesgo de que Fuerza Popular retome el control del Ejecutivo, luego de años de fuerte influencia parlamentaria.
La estrategia también revela una urgencia. Sánchez necesita ampliar su base electoral más allá del voto duro que lo llevó al balotaje. Su desafío es convencer a ciudadanos que no necesariamente se identifican con Juntos por el Perú, pero que ven con preocupación un eventual gobierno de Fujimori. Por eso, la aparición junto a excandidatos de otras agrupaciones cumple una función doble: mostrar respaldo político y, al mismo tiempo, moderar la percepción de aislamiento que suele pesar sobre candidaturas ubicadas en los extremos del debate público.
En la práctica, estos apoyos buscan hablarle al elector indeciso, al votante que en primera vuelta eligió otras opciones y al ciudadano que podría votar más por rechazo que por entusiasmo. En una elección ajustada, ese segmento puede resultar decisivo. La segunda vuelta no se gana únicamente con militancia propia, sino con la capacidad de sumar voluntades externas, tender puentes y reducir temores. Ese parece ser el cálculo detrás de esta fotografía política.
Sin embargo, el respaldo también abre preguntas. La suma de excandidatos no garantiza automáticamente el traslado de votos. En el Perú, los liderazgos políticos suelen tener una capacidad limitada para ordenar a sus electores. Muchos ciudadanos votan por coyuntura, rechazo, identidad regional o desconfianza, más que por obediencia a una consigna partidaria. Por eso, el verdadero impacto de este gesto se medirá recién en las urnas.
Aun así, el mensaje político es claro: Sánchez busca presentarse como el punto de encuentro de distintas fuerzas que, más allá de sus diferencias, coinciden en impedir el retorno del fujimorismo al Palacio de Gobierno. En esa línea, la conferencia no solo fue un acto de respaldo, sino una puesta en escena de unidad en el momento más sensible de la campaña.
Keiko Fujimori, por su parte, llega a esta etapa con el peso de una marca política que sigue dividiendo al país. Su candidatura intenta proyectar orden, experiencia y estabilidad, pero carga con el rechazo histórico de amplios sectores que responsabilizan al fujimorismo de la crisis institucional, el bloqueo político y la captura de espacios clave del Estado desde el Congreso. Esa resistencia es precisamente el terreno sobre el cual Sánchez intenta construir su última ofensiva electoral.
La fotografía con Belmont, López Chau y Forsyth busca instalar una idea: que la candidatura de Juntos por el Perú no camina sola y que, frente a Fujimori, se está armando un bloque más amplio que el partido que lo postula. En política, los gestos importan, sobre todo cuando faltan pocos días para votar y cada señal puede inclinar percepciones.
La pregunta de fondo es si esta unidad de última hora alcanzará para mover voluntades en un país cansado de promesas, desconfiado de sus políticos y acostumbrado a decidir entre opciones que no siempre entusiasman. Sánchez apuesta a que sí. Sus nuevos aliados también. El domingo se sabrá si el respaldo fue apenas una foto de campaña o el inicio de una mayoría electoral capaz de cerrarle nuevamente el paso al fujimorismo.
