Primarias 2026: ¿Una simulación democrática en la ruta electoral peruana?

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El reciente domingo marcó, al menos formalmente, el pistoletazo de salida hacia las Elecciones Generales de 2026. Treinta y siete organizaciones políticas, entre partidos y alianzas, cumplieron con el ritual de las elecciones primarias, un paso mandatorio bajo la modalidad de delegados para la gran mayoría, y de afiliados para un puñado. Organizado por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), este proceso interno, que involucró a poco más de mil doscientos delegados, dibuja el primer esbozo de una carrera presidencial que, a juzgar por el historial peruano, se perfila caótica y predeciblemente saturada de nombres ya conocidos y otros que buscan su espacio en la siempre volátil arena política nacional.

La mecánica de estas primarias, con la elección de candidatos presidenciales, congresales y al Parlamento Andino, se concentró mayoritariamente en Lima Metropolitana, donde 1,134 de los 1,206 delegados ejercieron su voto en locales educativos emblemáticos como el Melitón Carbajal o el Guadalupe, además de 14 Oficinas Descentralizadas de Procesos Electorales (ODPE) a nivel nacional. Un proceso que, para muchos observadores y gran parte de la ciudadanía, dista mucho de ser una expresión genuina de democracia interna partidaria. La modalidad vía delegados, si bien cumple con la Ley de Organizaciones Políticas (LOP) al exigir un umbral del 10% de votos válidos para la continuidad del partido, es a menudo percibida como un mecanismo opaco y alejado de la base militante, facilitando posibles acuerdos cupulares lejos del escrutinio público.

En contraste, dos fuerzas políticas, Renovación Popular y el Partido Aprista Peruano, optaron por la elección vía afiliados el pasado 30 de noviembre. Esta modalidad, que permite el voto directo de sus militantes, elevó a Rafael López Aliaga y a Enrique Valderrama, respectivamente. Aunque en teoría más participativa, la escasa afiliación real y la disciplina partidaria en Perú a menudo mitigan su impacto democrático y su capacidad para generar una verdadera legitimidad interna.

La lista de los ungidos por sus respectivas facciones, cuya proclamación oficial por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) está programada para el 15 de diciembre, presenta una constelación de nombres que ya forman parte del imaginario político peruano, junto a otros que intentan irrumpir. Figuras como Keiko Fujimori (Fuerza Popular), César Acuña (Alianza Para el Progreso), George Forsyth (Somos Perú), Vladimir Cerrón (Perú Libre), José Luna Gálvez (Podemos Perú), o Alfredo Barnechea (Acción Popular), son apenas algunos de los rostros recurrentes que vuelven a la palestra, compitiendo con otros nuevos aspirantes como Fiorella Molinelli (Fuerza y Libertad), Roberto Chiabra (Unidad Nacional), o Ronald Atencio (Venceremos), entre la veintena de postulantes que buscan un espacio en el fragmentado panorama electoral que incluye partidos como Avanza País, Juntos por el Perú, Partido Morado, Frente de la Esperanza 2021, y Fe en el Perú, por mencionar algunos. Este vasto y heterogéneo listado, producto de 37 organizaciones, es un reflejo de la pulverización partidaria que ha caracterizado la política peruana en las últimas décadas, donde la lealtad ideológica cede ante personalismos y proyectos efímeros.

El proceso legal establece que las organizaciones políticas tienen hasta el 23 de diciembre para completar y presentar sus listas definitivas ante el Jurado Electoral Especial (JEE). Este lapso prefigura un periodo de intensas negociaciones internas, posibles renuncias y reacomodos que podrían alterar la configuración inicial de candidaturas. La experiencia reciente demuestra que la lista preliminar surgida de estas primarias dista mucho de ser la definitiva. Las alianzas aún no consumadas, las desavenencias internas y la inestabilidad política inherente al sistema peruano, son variables que mantendrán en vilo la conformación final de las planchas presidenciales y congresales.

Así, mientras la ONPE y el JNE cumplen con la formalidad de organizar y validar este primer peldaño electoral, la ciudadanía observa con una mezcla de escepticismo y desinterés el inicio de lo que parece ser un nuevo ciclo de promesas y confrontaciones. La verdadera campaña, con su despliegue mediático y territorial, aún está por comenzar, pero el telón ya se ha levantado sobre un escenario que, una vez más, nos recuerda los desafíos estructurales de la democracia representativa en el Perú. La cuestión no es solo quiénes serán los candidatos, sino qué tan legítimo y robusto será el proceso que los eleve a la contienda por el sillón presidencial en 2026.

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