Granos de resistencia: Jóvenes Ashéninka confrontan la desigualdad en la cadena del café desde Pucallpa

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La selva peruana, cuna de una biodiversidad incalculable y hogar de pueblos originarios como el Ashéninka, produce uno de los cafés de especialidad más valorados en los mercados globales. Sin embargo, esta riqueza a menudo se traduce en una amarga paradoja: mientras baristas urbanos compiten y consumidores sofisticados pagan cifras elevadas por una taza, los agricultores indígenas que cultivan estos preciados granos permanecen en el eslabón más vulnerable y peor remunerado de la cadena productiva. Es precisamente esta profunda desigualdad estructural lo que un pequeño grupo de jóvenes ashéninka, provenientes del remoto Valle del Gran Pajonal, busca confrontar desde Pucallpa, en una iniciativa que, aunque local, subraya la urgente necesidad de políticas más equitativas que trasciendan la coyuntura.

Cuatro jóvenes, próximos a ser seis, de las comunidades de Chengari y Catoteni, han emprendido un viaje que va más allá de la geografía. Acostumbrados a la ardua labor de la chacra junto a sus familias, esta vez no han llegado a Pucallpa para ferias agrícolas o capacitaciones técnicas tradicionales. Su objetivo es sumergirse durante 30 días en el mundo del barismo de especialidad, aprendiendo las artes de la cata, la calibración de espressos, el manejo de máquinas avanzadas y los diversos métodos de filtrado. Esta formación intensiva, que se lleva a cabo en Manu Café, la primera cafetería de especialidad de Ucayali y referente en la profesionalización del café amazónico, busca dotarlos de un conocimiento que históricamente ha permanecido inaccesible para quienes realmente cultivan el producto, perpetuando un modelo donde el valor agregado se concentra lejos de su origen.

“Queremos que ellos conozcan el valor real del café que producen sus familias”, explica Manuel Ramos, fundador de Manu Café e impulsor del programa, una declaración que, aunque bienintencionada, resuena con la persistente invisibilidad de los productores en un mercado que les niega el pleno reconocimiento económico. El plan, que incluye una asignación económica para cubrir su estadía en la capital de Ucayali, es el resultado de una articulación poco común entre la Gerencia Territorial de Atalaya del Gobierno Regional de Ucayali, el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) y la Asociación para el Desarrollo Sostenible de la Reserva Comunal El Sira (ECOSIRA). Esta alianza, que en teoría busca cerrar una brecha histórica, pone en evidencia la magnitud de la deuda social y económica que el Estado peruano y el mercado tienen con sus pueblos originarios, cuya marginalización ha sido sistemática.

La iniciativa es un reconocimiento tácito de la enorme desigualdad existente entre quien cultiva la tierra y quien finalmente comercializa y sirve el café. Como señala Ramos, “Este programa busca que ellos puedan defender, explicar y preparar su propio producto. Eso cambia todo”. Sin embargo, la efectividad de este cambio radica en la sostenibilidad y replicabilidad de estas capacitaciones, así como en la voluntad política de ir más allá de proyectos puntuales y abordar las raíces sistémicas de la marginalización. El Valle del Gran Pajonal, caracterizado por su aislamiento y la vulnerabilidad de sus comunidades, es un claro ejemplo de cómo la falta de infraestructura, acceso a mercados justos y políticas públicas integrales perpetúa ciclos de pobreza y dependencia, haciendo que iniciativas como esta sean, en esencia, un paliativo necesario ante una deficiencia estructural más profunda.

La aspiración de estos jóvenes, como la expresada por Anderzon Capcha Castro, uno de los participantes, es clara y ambiciosa: “No venimos solo a aprender a servir café. Venimos para regresar y enseñar. Para que nuestro café tenga otra historia”. Esta visión, de transformar su rol de meros productores de materia prima a agentes activos en la creación de valor y narrativa, representa un acto de resistencia cultural y económica. Sin embargo, el desafío de llevar el valor agregado de vuelta al Gran Pajonal desde la barra de una cafetería en Pucallpa es monumental. Requiere no solo la adquisición de habilidades técnicas, sino también el desarrollo de cadenas de valor justas y transparentes, el fortalecimiento de organizaciones comunales y, fundamentalmente, un compromiso inquebrantable de las autoridades para garantizar la soberanía económica de los pueblos indígenas sobre sus territorios y sus productos. Esta generación de Ashéninka está forjando una nueva historia para su café, pero la responsabilidad de que esa historia sea verdaderamente justa recae en todos los actores de la sociedad peruana.

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