Tragedia en Chala: el accidente que enluta a la FAP y reabre dudas sobre la gestión de su flota aérea
La caída de un helicóptero Mi-17-1B de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) en la zona alta de Chala, en la provincia arequipeña de Caravelí, no solo deja 11 pasajeros y cuatro tripulantes fallecidos. Deja, sobre todo, un profundo vacío en cuatro familias militares y una inevitable pregunta sobre las decisiones adoptadas en torno al mantenimiento y operatividad de aeronaves con más de tres décadas de antigüedad.
La aeronave, matrícula FAP 614, se precipitó el domingo por la tarde cuando trasladaba a familiares de oficiales hacia la base aérea de Vítor, en Arequipa. El vuelo tenía carácter de apoyo y, según fuentes institucionales, luego de cumplir ese encargo el helicóptero debía integrarse a las operaciones de asistencia por los desastres naturales en la región.
Entre las víctimas se encuentra el coronel FAP Javier Nole Gonzáles, quien se desempeñaba como jefe del Estado Mayor del Ala Aérea N.° 3. Lo acompañaban su esposa, Ivis Rodríguez Romero, y sus hijas Radnia (17) y Fátima (15). También fallecieron Elisa Bernal Paredes y sus hijos Giácomo (14) y Fiorenza (10), familiares del coronel FAP Fabricio Tesei Choque, jefe del Grupo Aéreo N.° 3, unidad desde la que partió el helicóptero. A ellos se suma Matías Moscoso Ludeña (14), hijo del coronel FAP Carlos Moscoso Álvarez, así como otros integrantes de familias vinculadas a la institución.
La dimensión del drama se agrava al revisar las edades: de los 11 pasajeros, siete eran menores de edad. La mayoría adolescentes. La cifra, por sí sola, estremece.
La tripulación estaba integrada por el mayor FAP Sergio Páucar Centurión, quien comandaba la nave; el alférez Luis Huertas Cárcamo; la suboficial Kamila Anchapuri Jove; y el suboficial Leiner Aguirre Huamán. Todos perdieron la vida en el impacto.
En redes sociales, amigos y compañeros de promoción han despedido al mayor Páucar, resaltando su desempeño académico y profesional. Mensajes similares evocan la figura del coronel Nole como un oficial respetado. El dolor es transversal: alcanza tanto a quienes servían en cabina como a quienes ocupaban posiciones de mando.
Sin embargo, más allá de los homenajes, emergen interrogantes técnicas y políticas que no pueden quedar relegadas por la emotividad del momento.
El Mi-17-1B siniestrado formaba parte de un lote fabricado en 1986 y adquirido por el Estado peruano en la década de 1990. Se trata, por tanto, de aeronaves con casi 40 años de vida útil. El aparato accidentado fue sometido recientemente a una reparación mayor —un “overhaul”— entre 2024 y 2025, junto a otras tres unidades, en lugar de concretarse la compra de helicópteros nuevos que inicialmente había sido anunciada por el Ejecutivo.
La decisión de optar por la rehabilitación de equipos antiguos, bajo el argumento de atender con rapidez emergencias vinculadas al Fenómeno El Niño, fue presentada como una medida pragmática. No obstante, la tragedia obliga a examinar con rigor si esa alternativa fue la más segura y sostenible.
Los trabajos técnicos estuvieron a cargo de una empresa especializada que certificó la operatividad de las aeronaves tras las pruebas correspondientes. Aun así, la antigüedad estructural de los equipos y el historial de uso intensivo en contextos geográficos exigentes —como la sierra y la costa sur del país— constituyen factores que deben analizarse en la investigación.
Las labores de rescate de los cuerpos han sido complejas debido a la ubicación del punto de impacto, al que solo se puede acceder tras varias horas de caminata en una zona agreste. Esta dificultad también evidencia los riesgos permanentes que enfrentan las operaciones aéreas en territorios con limitada infraestructura.
La investigación técnica determinará si el accidente respondió a una falla mecánica, a condiciones meteorológicas adversas, a error humano o a una combinación de factores. Pero el debate de fondo es más amplio: ¿está el Estado priorizando la modernización real de su flota militar o prolongando la vida de equipos que ya superaron con creces su ciclo óptimo?
El país no solo asiste a un duelo colectivo dentro de la FAP. Asiste también a una oportunidad —dolorosa, pero ineludible— para revisar estándares de seguridad, procesos de adquisición y criterios de mantenimiento en las Fuerzas Armadas.
Las condolencias son necesarias. La transparencia y la rendición de cuentas, imprescindibles.
