La ficción del poder presidencial: Cuando el congreso dicta la agenda nacional
En un escenario político peruano cada vez más fragmentado, la autoridad del presidente José Jerí se desdibuja frente a un Congreso que, a través de una coalición pragmática y un sistema electoral diseñado para la confusión, consolida su dominio.
La pregunta sobre quién ostenta realmente el poder en el Perú hoy trasciende lo anecdótico para convertirse en un cuestionamiento central a nuestra institucionalidad. A pesar de la formalidad, la figura del presidente José Jerí parece ejercer un liderazgo meramente nominal, su autoridad minada por una serie de cuestionamientos y escándalos personales que han erosionado su credibilidad y afianzado la precariedad de su mandato. Esta realidad contrasta agudamente con la influencia creciente de un Congreso que, libre de las ataduras de la gobernabilidad, parece dictar el rumbo del país.
Una presidencia bajo sombra
La estabilidad del actual inquilino de Palacio de Gobierno, José Jerí, pende de un hilo. Su capacidad para ejercer el poder real, desde la dirección de las Fuerzas Armadas hasta la confrontación con el Legislativo, es percibida como sumamente limitada. Incidentes públicos y controversias personales han contribuido a esta imagen de debilidad, haciendo que su permanencia en el cargo sea vista, para muchos, como una concesión del mismo Parlamento que lo podría remover con la misma celeridad con la que destituyó a Dina Boluarte, sin mayores consecuencias políticas o sociales.
El Congreso: Arquitecto del poder fáctico
Frente a un Ejecutivo debilitado, la verdadera sede del poder parece haberse trasladado al Congreso de la República. Una coalición informal, pero estratégicamente sólida, conformada por bancadas como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Podemos y Renovación Popular, ejerce una influencia determinante. Este bloque, que agrupa a figuras como Keiko Fujimori, Acuña, José Luna y Rafael López Aliaga, no se articula en torno a una ideología común, sino por un instinto primario: la conservación del poder a toda costa.
El laberinto electoral como estrategia
La más reciente reforma del sistema electoral, atribuida al actual Congreso, ha sido calificada como una “obra maestra” de la confusión. Con 36 candidatos presidenciales y un total de 1383 listas registradas para las cámaras de Diputados y el Senado, el elector se enfrenta a la tarea de emitir hasta siete votos. Este intrincado diseño, con su profusión de símbolos, imágenes y múltiples casillas, parece más orientado a la fragmentación del voto y a la dilución de la representación que a la claridad democrática. La dispersión del apoyo ciudadano se convierte, paradójicamente, en una herramienta para debilitar futuros gobiernos y asegurar la hegemonía parlamentaria.
Lo que falta aclarar
- ¿Cómo se puede garantizar la rendición de cuentas en un sistema donde el poder formal y el poder real operan en planos distintos y el Legislativo parece inmune a contrapesos efectivos?
- Si el diseño electoral persigue la fragmentación y la confusión, ¿qué garantías de una gobernabilidad estable y representativa le quedan al país en las próximas elecciones?
- Ante la evidente precariedad de la figura presidencial, ¿hasta cuándo se mantendrá la ficción de una autoridad ejecutiva que carece de capacidad de mando real?
- ¿Qué mecanismos de control ciudadano pueden activarse frente a una coalición parlamentaria cuyo objetivo primario es “sobrevivir” a las elecciones, más allá de los resultados democráticos?
