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Un movimiento de magnitud 6.0 sacudió Chimbote, revelando una vez más la brecha entre la retórica oficial y la cruda realidad de la gestión de riesgos en una zona de alto peligro.

Un sismo de magnitud 6.0 sacudió la región Áncash la noche del viernes 27 de diciembre, generando pánico y evacuaciones en Chimbote y distritos aledaños. El evento, registrado a las 21:51 horas con epicentro a 67 kilómetros al oeste de Chimbote y una profundidad de 52 kilómetros, fue catalogado por el Instituto Geofísico del Perú (IGP) con intensidad V en la ciudad. Más allá del susto momentáneo, este movimiento telúrico nocturno vuelve a poner en evidencia la persistente vulnerabilidad de nuestras ciudades y la cuestionable efectividad de los planes de prevención ante una realidad sísmica ineludible.

El susto nocturno y la respuesta ciudadana

Miles de familias en Chimbote y Nuevo Chimbote se vieron obligadas a salir de sus viviendas en medio de la oscuridad, tomadas por sorpresa por un movimiento prolongado y un fuerte ruido subterráneo. Aunque las autoridades no reportaron daños estructurales graves ni víctimas personales hasta el cierre de esta nota, la reacción masiva y las evacuaciones preventivas evidencian una respuesta más instintiva que organizada. ¿Fue una evacuación efectiva o una huida impulsiva ante la falta de protocolos claros y practicados en cada hogar y comunidad?

La eterna advertencia de la vulnerabilidad

El IGP, al confirmar la magnitud y profundidad del sismo (IGP/CENSIS/RS 2025-0829), reiteró que Áncash se ubica en una zona de alta actividad sísmica. Esta es una verdad sabida, pero que parece diluirse frente al crecimiento urbano desordenado, especialmente en las zonas costeras. Los especialistas del IGP advierten que estos eventos no deben ‘normalizarse’ sin una adecuada preparación. Sin embargo, ¿quién asume la responsabilidad por esta ‘normalización’ de la vulnerabilidad? ¿Qué acciones concretas, más allá de los recordatorios, se están ejecutando para mitigar el riesgo en construcciones informales o antiguas?

Indeci: ¿Recomendaciones o soluciones reales?

Tras el evento, el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) volvió a insistir en la importancia de planes de emergencia familiares, zonas seguras y mochilas de emergencia. Si bien estas recomendaciones son vitales, la pregunta clave es: ¿cuántas familias peruanas realmente cuentan con estos implementos y conocimientos? ¿Cuál es el verdadero alcance de las campañas de sensibilización de Indeci más allá de los comunicados post-sismo? La Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra del Perú, por su parte, descartó un tsunami, pero la ausencia de un riesgo mayor no debería ser una excusa para relajar la vigilancia en la gestión de desastres.

Lo que falta aclarar

  • ¿Cuál es el balance real de la noche del 27 de diciembre en Áncash, más allá de la ausencia de víctimas iniciales? ¿Se han realizado inspecciones exhaustivas de la infraestructura pública y privada dañada o comprometida?
  • ¿Qué medidas específicas y con qué presupuesto se están implementando para controlar el “crecimiento urbano desordenado” que el propio IGP identifica como un factor clave de vulnerabilidad en la región?
  • ¿Cómo se medirá la efectividad de los “protocolos básicos de evacuación” que, según el informe, se activaron en edificios multifamiliares, y qué seguimiento se dará a la preparación de la población en general?
  • ¿Más allá de la “vigilancia sísmica permanente” del IGP, qué acciones coordinadas y obligatorias están ejecutando los gobiernos locales y regionales para traducir estas alertas en una verdadera cultura de prevención y respuesta eficaz?

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