CUANDO EL ESTADO DECIDE DEJARTE MORIR
Murió a los 38 años. No por falta de diagnóstico, sino por abandono.
El sistema de salud peruano —desde el Hospital de Tingo María hasta el Ministerio de Salud— le negó la vida.
Renzo Paul Noreña Trinidad falleció el 23 de este mes en Lima, en el Hospital Hipólito Unanue. Tenía 38 años y padecía insuficiencia cardiaca dilatada, una enfermedad grave, conocida y diagnosticada desde hace años. El Estado sabía exactamente lo que tenía Renzo.
Lo que no hizo fue salvarlo.
Durante años, Renzo fue atendido en el Hospital de Tingo María. Los médicos conocían la progresión de su enfermedad y sabían que requería atención en hospitales de alta complejidad como el INCOR o el Hospital Dos de Mayo. Nunca lo refirieron oportunamente.
No fue un error aislado: fue una conducta repetida. Tratar lo mínimo, dar de alta, mirar a otro lado y trasladar la responsabilidad a una familia pobre.
“Busquen la forma de llevarlo a Lima”, le dijeron a su madre.
Esa frase, dicha por médicos del Estado, es una confesión de abandono.
El Hospital de Huánuco tampoco asumió su rol. Hubo gestiones tardías, referencias mal encaminadas y ninguna presión real para asegurar que Renzo llegue a un establecimiento con capacidad resolutiva. El resultado fue previsible: el tiempo pasó, la enfermedad avanzó y el paciente se agravó hasta quedar prácticamente inmovilizado, con dolor constante y sin acceso garantizado a medicamentos que el SIS debía cubrir.
Lo más grave —y esto debe investigarse— es que Renzo jamás fue inscrito en una lista de espera para trasplante de corazón, pese a que su diagnóstico lo ameritaba.
¿Quién tomó esa decisión?
¿Bajo qué criterio?
¿O es que en el Perú los pobres no califican para vivir?
Cuando su estado ya no permitía traslado por carretera, el Hospital de Tingo María se negó a gestionar un traslado aéreo, aun sabiendo que era la única opción viable. En ese punto, el sistema ya había decidido: Renzo no era prioridad.
Entonces ocurrió lo que desnuda la miseria moral del Estado: una aerolínea privada tuvo más humanidad que todo el sistema de salud y donó dos pasajes para que la madre, sola y desesperada, lleve a su hijo a Lima por su cuenta.
Sin referencia oficial.
Sin soporte médico.
Sin respaldo institucional.
Renzo ingresó por emergencia al Hospital Hipólito Unanue. Llegó tarde. Su corazón, agotado por años de negligencia, no resistió más, falleció de un paro cardiaco.
Hasta hoy, nadie ha renunciado.
Nadie ha sido suspendido.
Nadie ha pedido perdón.
El Ministerio de Salud guarda silencio.
Por eso esta denuncia señala responsables con nombre institucional:
- Hospital de Tingo María: abandono del paciente, omisión de referencia y negativa a gestionar traslado aéreo.
- Hospital de Huánuco: inacción y gestión insuficiente ante un caso crítico.
- SUSALUD: notificada, advertida y totalmente ineficaz en la defensa del paciente.
- Ministerio de Salud: responsable político de un sistema que decide quién vive según su condición económica y geográfica.
Si el ministro no investiga, encubre.
Si no sanciona, es cómplice.
Si no responde, es responsable.
Renzo Noreña no es un caso aislado.
Es el resultado lógico de un sistema centralista, clasista y deshumanizado, donde la burocracia pesa más que la vida y donde la pobreza se convierte en sentencia de muerte.
Hoy fue Renzo.
Mañana será otro paciente de provincia.
Y después, otro más.
Hasta que alguien caiga.
Hasta que alguien responda.
Porque esto no fue una muerte inevitable.
Fue una muerte administrada por el Estado peruano.
