La tragedia del Fokker: 38 áños de luto y la persistente sombra de la opacidad en la memoria nacional

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El 8 de diciembre de 1987 es una fecha grabada con dolor indeleble en la memoria colectiva del Perú. Hace 38 años, el fútbol peruano y la nación entera se sumieron en un luto profundo tras la caída del avión Fokker F-27 de la Marina de Guerra que transportaba a la delegación del Club Alianza Lima. En las aguas frías de Ventanilla, se extinguieron 43 vidas, entre ellas las de 16 jóvenes jugadores, conocidos como “Los Potrillos”, junto a su comando técnico y parte del personal del club, dejando un vacío que el tiempo no ha podido sanar por completo.

Aquel equipo, vibrante y prometedor, regresaba triunfante de Pucallpa tras asegurar una victoria crucial frente al Deportivo Pucallpa que los mantenía en la cima del campeonato. Eran la encarnación de la esperanza deportiva, un símbolo de la juventud y el talento nacional, con nombres como Marco Calderón, José Casanova y José Gonzales que resonaban en cada tribuna. Su trágica desaparición no solo impactó al ámbito deportivo, sino que se convirtió en un trauma colectivo que aún hoy reverbera en la sociedad peruana.

Anualmente, el Club Alianza Lima, sus hinchas y la comunidad futbolística rinden un sentido homenaje a sus mártires. Mediante misas, concentraciones y emotivas publicaciones en redes sociales que evocan la dolorosa frase «Frente al mar de Ventanilla se derrumbó una esperanza. En el mar de Grau descansan los hijos de La Victoria…», se mantiene viva la llama del recuerdo. Es un acto de memoria necesario, una forma de honrar el legado de quienes partieron demasiado pronto.

Sin embargo, a 38 años de la tragedia, la conmemoración va más allá del simple recuerdo para muchos. Persiste una herida abierta en la conciencia nacional, alimentada por las preguntas sin respuesta y la sensación de opacidad que rodeó la investigación oficial. La versión predominante, que atribuyó la responsabilidad exclusiva al piloto Edilberto Villar, el único sobreviviente del siniestro, ha sido insuficiente para disipar las dudas que han nublado el caso durante décadas.

La naturaleza militar del avión Fokker, las condiciones en las que se realizó la investigación inicial y la limitada difusión de sus hallazgos han generado un clima de desconfianza. Familias de las víctimas y diversos sectores de la opinión pública han clamado por una investigación más exhaustiva y transparente que pudiera esclarecer otros posibles factores, como el estado de la aeronave, el mantenimiento o fallas sistémicas que pudieron haber contribuido al desastre. La percepción de que no se rindieron cuentas completas, y que la verdad se mantuvo parcialmente oculta, es una crítica recurrente que refleja una deuda pendiente del Estado peruano con sus ciudadanos.

La tragedia del Fokker no es solo una página oscura en la historia del fútbol. Es un doloroso recordatorio de cómo la falta de una investigación pública y detallada puede prolongar el sufrimiento y la incertidumbre. El 8 de diciembre no es solo un día para lamentar a los caídos; es también una fecha para reflexionar sobre la necesidad de verdad y justicia en un país donde la memoria, a menudo, choca con la burocracia y la falta de transparencia.

Los «Potrillos» viven en el corazón de Alianza y del Perú, su sacrificio es imborrable. Pero, mientras sus nombres se evocan con amor y respeto, la silenciosa pregunta sobre las circunstancias completas de su partida continúa resonando, exigiendo una claridad que, tras casi cuatro décadas, sigue siendo una aspiración nacional.

Fernanda Huapaya

Fernanda Huapaya

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