El adviento en el Perú: Entre el significado espiritual y la urgente reflexión nacional
A las puertas de diciembre, con el reloj litúrgico marcando el inicio de un nuevo ciclo para millones de católicos en el Perú, la Corona de Adviento emerge nuevamente como un símbolo central de preparación. Sin embargo, más allá de la tradición y la piedad familiar, este rito ancestral invita a una profunda, y a menudo incómoda, reflexión sobre el estado de la fe y la sociedad en un país asediado por sus propias contradicciones.
El Adviento, que en 2025 comenzará este domingo 30 de noviembre y se extenderá hasta el 24 de diciembre, marca el preludio al nacimiento del Niño Jesús. Es un tiempo de espera, meditación y esperanza, donde las cuatro velas de la corona —tres moradas y una rosada, además de un cirio en el centro— se encienden progresivamente, cada una con un significado particular. Pero, ¿cómo resuenan estos principios en un Perú que transita entre la polarización política, la persistente desigualdad social y una fe que, para muchos, parece desdibujarse en el trajín cotidiano?
La primera vela, de color morado, simboliza la esperanza. En un contexto nacional donde la ciudadanía a menudo se siente desilusionada por la clase política y la corrupción endémica, la idea de «esperanza» cobra un matiz casi desafiante. ¿Es la esperanza una actitud pasiva de esperar un milagro, o un llamado a la acción y al compromiso cívico para construir un país más justo? La reflexión propuesta por el Adviento interpela directamente la pasividad y la resignación que a veces permean el sentir ciudadano. El primer domingo, 30 de noviembre de 2025, marca este punto de partida y el inicio del año litúrgico.
El segundo domingo, 7 de diciembre de 2025, se enciende otra vela morada, que evoca la paz y el compromiso con la fe. La paz, un bien tan anhelado en un Perú donde las protestas sociales, la confrontación política y la inseguridad ciudadana son lamentablemente recurrentes, se convierte en un imperativo ético. La preparación espiritual no puede desligarse de la búsqueda de la paz social, de la reconciliación entre hermanos, y de un compromiso activo por la justicia que mitigue las tensiones que fracturan el entramado nacional.
El tercer domingo de Adviento, 14 de diciembre de 2025, conocido como Domingo de Gaudete, rompe con el morado austero al encender la vela rosada, símbolo de la alegría. Esta alegría, que anticipa la inminente llegada del Salvador, ¿es realmente sentida en la plenitud de las comunidades, o queda opacada por la preocupación económica y la precarización de la vida para amplios sectores de la población? La liturgia, al invitar a la alegría, también pone en evidencia la distancia entre el ideal evangélico y una realidad social que a menudo dificulta cualquier festejo genuino. La pregunta es si esta alegría es una evasión o una fuerza que impulsa a transformar las condiciones que impiden el gozo colectivo.
Finalmente, el cuarto domingo, 21 de diciembre de 2025, a solo días de la Nochebuena, se ilumina la última vela morada, representando el amor. Este amor, el núcleo del mensaje cristiano, interpela profundamente la conciencia de cada peruano. ¿Cómo se traduce este amor en la solidaridad con el prójimo más vulnerable, en la empatía hacia el diferente, en la superación de los prejuicios y la discriminación que aún persisten en nuestra sociedad? El Adviento, más allá de un acto devocional, exige una autoevaluación sincera sobre la vivencia de este amor en las relaciones personales y comunitarias.
La corona de Adviento, con su geometría circular que simboliza la eternidad y la ausencia de fin, y el eventual cirio blanco central que se enciende en Nochebuena representando la luz de Cristo, no son meros adornos. Son un llamado a ir más allá del mercantilismo que a menudo secuestra la temporada festiva, desviando la atención del verdadero significado de la espera. Las oraciones que acompañan cada encendido, como «Señor Jesús, en este tiempo de Adviento te rogamos que nos concedas un corazón vigilante, lleno de esperanza y amor por tu venida,» no deben ser solo recitadas, sino vividas.
La preparación para la Navidad, bajo el prisma de la Corona de Adviento, no es solo esperar un evento histórico, sino anticipar la irrupción de valores trascendentes en la vida cotidiana. En el Perú de hoy, este ritual se presenta como una oportunidad inmejorable para que la fe no se quede en el ámbito privado, sino que inspire una verdadera transformación personal y, por ende, contribuya a la reconstrucción ética y moral de una nación que, más que nunca, necesita luz, esperanza, paz, alegría y amor concretos. Es un examen de conciencia público y privado, un desafío a la autenticidad de la fe en un contexto de urgencia social.

La oración de este cuarto domingo de Adviento debe realizarse antes de Nochebuena. (Foto: pikisuperstar / Freepik)

Una Corona de Adviento marca el inicio del tiempo de Adviento en Hungría. (EFE)
