Perú reasume relaciones plenas con Bolivia en un contexto regional volátil
La designación de Carlos Chávez-Taffur Schmidt como embajador de Perú en el Estado Plurinacional de Bolivia, oficializada mediante la Resolución Suprema Nº 184-2025-RE, marca mucho más que un mero trámite administrativo. Firmada por el presidente José Jerí y el canciller Hugo de Zela, esta medida pone fin a un inusual e inquietante vacío de tres años, durante los cuales la representación diplomática bilateral se mantuvo en un nivel de encargado de negocios, un síntoma elocuente de la fragilidad y las interrupciones que han caracterizado la política exterior peruana reciente.
El retorno a la plena representación diplomática en La Paz llega en un momento de reconfiguración política para Bolivia, tras la asunción del nuevo presidente Rodrigo Paz. Este contexto sugiere una ventana de oportunidad, o al menos una necesidad imperante, para que ambos países reevalúen y fortalezcan unos lazos que, a pesar de su profunda raíz histórica y la intensa interconexión geográfica de más de 1.000 kilómetros de frontera, han sido intermitentemente afectados por las convulsiones políticas internas de Perú y las tensiones ideológicas en la región andina. La prolongada ausencia de un embajador en Bolivia no solo reflejó la inestabilidad de la política exterior peruana, sino que también pudo haber limitado la capacidad de Lima para abordar eficazmente desafíos comunes y aprovechar oportunidades bilaterales.
La decisión de restablecer el más alto nivel de representación diplomática se presenta, según el discurso oficial, como una «voluntad mutua» para fortalecer vínculos históricos y comerciales. Sin embargo, la ausencia de un embajador por tres años no es un detalle menor; habla de prioridades postergadas y, quizás, de un deterioro en la capacidad del Estado peruano para mantener una política exterior coherente y proactiva. La reactivación de este puesto clave debería interpretarse no solo como un gesto de buena vecindad, sino como una urgencia para recuperar el terreno perdido en un socio estratégico.
Carlos Chávez-Taffur Schmidt asume el cargo con una trayectoria notable que abarca más de cuatro décadas en el servicio diplomático. Su currículum, que incluye responsabilidades como Cónsul General en Madrid, Ministro Consejero en Canadá, Jefe de Cancillería ante la Unión Europea, Chile e Israel, y director de la Comunidad Sudamericana de Naciones, lo posiciona como un diplomático experimentado y de alto perfil. Haber liderado el grupo de trabajo de APEC Perú 2024 y organizado el X Congreso Internacional de la Lengua Española en Arequipa demuestra una capacidad de gestión en eventos de gran envergadura. Esta experiencia es, sin duda, un activo valioso. No obstante, la verdadera prueba de su gestión radicará en su habilidad para sortear las complejidades de la relación bilateral, que van más allá del intercambio comercial fluido.
El reto de Chávez-Taffur no será solo consolidar la cooperación bilateral en materia económica y cultural, sino también garantizar una coordinación efectiva en temas regionales y estratégicos que a menudo se ven empañados por intereses divergentes o la falta de una visión conjunta. Ambos países comparten problemas como la migración irregular, el contrabando, el narcotráfico y la gestión de recursos naturales transfronterizos como el Lago Titicaca, que demandan una interlocución de alto nivel y una estrategia coordinada. La designación de un embajador con su experiencia sugiere que el gobierno de José Jerí busca un perfil que pueda operar con autonomía y autoridad, en un esfuerzo por revitalizar una relación que ha estado en segundo plano, o incluso en el congelador, durante demasiado tiempo.
En un continente sudamericano marcado por la volatilidad política y los realineamientos ideológicos, la plena reactivación de la diplomacia con Bolivia podría ser un termómetro de la capacidad de Perú para proyectar estabilidad y liderazgo en su entorno inmediato. La mera presencia de un embajador, por muy experimentado que sea, no garantiza el éxito. Será necesario un compromiso político sostenido por parte de ambos gobiernos para traducir esta reanudación diplomática en acciones concretas y beneficios tangibles para sus ciudadanos, superando la inercia y las desconfianzas acumuladas. La tarea de Chávez-Taffur es, por tanto, doble: reconstruir puentes y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de una política exterior peruana más robusta y menos susceptible a los vaivenes internos.
