Elecciones primarias 2026: El tenue pulso democrático en el APRA y Renovación Popular

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Las recientes elecciones primarias celebradas por el Partido Aprista Peruano (APRA) y Renovación Popular (RP) para definir a sus candidatos presidenciales de cara a los comicios de 2026, si bien cumplieron con el umbral mínimo de participación del 10% establecido por ley, han dejado en evidencia la persistente fragilidad de la democracia interna y la escasa movilización de sus bases partidarias. Los resultados, más que un reflejo de un debate vibrante, parecen consolidar una serie de dinámicas ya conocidas en el siempre convulso panorama político peruano.

En el caso de Renovación Popular, la interna se saldó con una virtual aclamación de su líder, Rafael López Aliaga. Con 9,792 afiliados respaldando su candidatura, el empresario y actual figura política se perfila sin contrapeso significativo. Este desenlace subraya la naturaleza personalista del partido, donde la figura del fundador y principal referente monopoliza la proyección electoral, restando espacio para la competencia interna y el surgimiento de nuevas voces. La cifra de participación, aunque técnicamente suficiente para la ONPE, contrasta con el número total de afiliados esperados, sugiriendo que la «primaria» funcionó más como un referéndum de ratificación que como un proceso de selección abierto.

Para el histórico APRA, el panorama es de una complejidad distinta, marcada por la búsqueda de una ansiada renovación en un partido que aún lucha por reubicarse tras la era post-Alan García. Con el 90.29% de las actas procesadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Enrique Valderrama emerge como el precandidato presidencial con mayor respaldo, superando a figuras con mayor trayectoria como Javier Velásquez Quesquén. Este resultado se da en un contexto donde el partido, según informaciones previas, llegó a contar con hasta 15 precandidatos en la carrera, una muestra aparente de efervescencia que, al final, parece haberse diluido en una participación interna que, pese a superar el requisito legal, no logra disipar las dudas sobre la capacidad de convocatoria real del partido más allá de sus cuadros más comprometidos. La elección de Valderrama podría interpretarse como un intento de proyectar una imagen fresca, aunque el peso de figuras tradicionales como Velásquez Quesquén en un segundo lugar demuestra la dificultad del partido para despojarse completamente de sus viejas estructuras y liderazgos.

Ambos procesos, aunque validados por la ONPE, ilustran una problemática recurrente en la política peruana: la dificultad de los partidos para construir una verdadera legitimidad interna a través de mecanismos democráticos robustos. El requisito del 10% de participación, si bien evita procesos totalmente cerrados, se presenta como una valla relativamente baja que permite a las agrupaciones cumplir formalmente con la ley sin necesariamente fomentar una amplia deliberación o competencia real. La suma de afiliados habilitados para votar en ambos partidos se estimó en 83,000, lo que hace aún más notorio que las cifras de participación efectiva fueron modestas, incluso entre sus propias filas.

De cara a las elecciones generales de 2026, tanto el APRA como Renovación Popular enfrentan el desafío no solo de consolidar sus candidaturas internas, sino de proyectar una oferta política que logre conectar con un electorado cada vez más fragmentado, escéptico y desengañado de la clase política. Las primarias, en este sentido, más que lanzar campañas con impulso renovado, parecen haber confirmado las tensiones y limitaciones estructurales que caracterizan a los partidos políticos peruanos en la actualidad. La verdadera prueba de fuego para Valderrama y López Aliaga estará en su capacidad de trascender sus bases internas y persuadir a la ciudadanía de sus propuestas, un camino que se anticipa arduo y cuesta arriba.

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