El limbo de la Concordia: Migrantes varados entre la amenaza Chilena y la indiferencia Peruana
La Línea de la Concordia, ese tramo fronterizo que divide el sur peruano de la región chilena de Arica, se ha transformado una vez más en un epicentro de desesperación y un reflejo crudo de las fallas en las políticas migratorias regionales. Decenas de personas, en su mayoría migrantes venezolanos, incluyendo mujeres embarazadas y familias enteras, se encuentran atrapadas en una «tierra de nadie», expuestas al frío desértico de las noches, el hambre y una incertidumbre que raya en la tortura psicológica. Su drama es un eco de la ineficacia y, para algunos, la inhumanidad de las respuestas estatales ante una crisis humanitaria que no da tregua.
El detonante reciente de esta situación crítica se gestó en Chile. Las declaraciones del candidato presidencial José Antonio Kast, quien ha prometido la expulsión masiva de migrantes irregulares con un ultimátum que reduce el plazo a días («Les quedan 111, luego 106, después 103 días para salir voluntariamente de nuestra patria»), han generado un pánico generalizado. Miles de personas que ya se encontraban en una situación vulnerable en Chile, muchas sin documentos, han visto en estas amenazas una señal inequívoca para buscar una salida, con Perú como su esperanza, por precaria que sea. «Nos queremos ir de esta vaina. No somos de allá, ni de aquí tampoco, entonces nos dejan aquí encerrados», clama uno de los migrantes varados, evidenciando la doble marginalización.
La respuesta del gobierno peruano, lejos de ofrecer una solución humanitaria coordinada, ha optado por la mano dura. Con la declaración de estado de emergencia por 60 días en los distritos tacneños de Palca, Tacna y La Yarada–Los Palos, se inició este sábado 29 la militarización de la zona. Esta medida, si bien busca reforzar el control migratorio, ha sido interpretada por muchos como una puerta cerrada y un muro efectivo que agrava el encierro de quienes buscan paso. Las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional ahora patrullan una frontera que, de hecho, se ha vuelto más infranqueable.
El Canciller Hugo de Zela ha sido categórico al afirmar la política de «no permitir la migración irregular», justificando la postura con el argumento de que el país ya no tiene «las condiciones ni las capacidades para recibir más migrantes». Esta declaración, aunque podría reflejar una realidad logística, omite la dimensión humanitaria y la responsabilidad internacional, dejando a miles de personas sin opciones viables y sin la asistencia básica necesaria para su subsistencia. La queja de un migrante, «es un abuso a nuestros derechos humanos», resuena en un contexto donde el derecho internacional y la compasión parecen desvanecerse ante la rigidez de las políticas migratorias.
La desesperación ha llevado a los migrantes a bloquear las vías entre Arica y Tacna, paralizando el tránsito y sumando tensión a la situación. «No van a pasar más carros hasta que no nos dejen pasar», han advertido, en un intento por hacer visible su angustia. En el lado chileno, la presencia de migrantes también ha provocado la airada reacción de ciudadanos que exigen su remoción, creando un ambiente de hostilidad que los carabineros intentan contener sin éxito aparente. Personas que llevan días durmiendo a la intemperie, sin acceso a baños ni alimentos suficientes, confirman la precariedad de la crisis. «Tres días tenemos acá, hay mujeres embarazadas», detalla otra de las afectadas.
Expertos advierten que el cierre hermético de las rutas formales solo empuja a los migrantes hacia los peligrosos pasos clandestinos, incrementando su vulnerabilidad ante las redes de tráfico de personas. Rodrigo Sandoval, exjefe de Migraciones de Chile, ha alertado sobre «lo más preocupante no es lo que uno ve, lo más preocupante es lo que uno no ve… hay gente que está pasando por pasos no habilitados». Esta realidad subraya el fracaso de una política migratoria que, en lugar de regular y ordenar, genera un mercado negro de la desesperación.
La simbólica Tacna, «muy trascendente para el Perú» como recordara el excanciller Óscar Maúrtua, se ve ahora superada por una crisis que exige una solución integral y con apoyo internacional, incluyendo la implementación de corredores humanitarios. Sin embargo, la ausencia de una estrategia coordinada entre Perú y Chile, y la falta de una visión regional para la migración forzada, condenan a la frontera a ser un escenario de sufrimiento continuo.
El drama en la Línea de la Concordia es un recordatorio sombrío de que, detrás de las cifras y las políticas restrictivas, hay seres humanos atrapados en una encrucijada sin salida, víctimas de una crisis que nadie controla y que amenaza con desbordarse en violencia y más abandono. La militarización y la retórica punitiva no resolverán una crisis que es, ante todo, humanitaria, y que exige un enfoque basado en la dignidad y la cooperación.
